Publicado en el Boletín AMSM Nº 39 Otoño 201
Teresa Abad Sierra(1) y Sara Toledano Márquez (2)
La emergencia de problemas de salud mental no es ajena a las características del contexto en el que vivimos. Desde la teoría de la vulnerabilidad hasta la epigenética, prácticamente ningún modelo explicativo que quiera acercarse a eso que llamamos “psicopatología” se atreve a negar la influencia que las situaciones vitales, el entorno social directo, los factores económicos y el marco cultural tienen sobre el sufrimiento psíquico.
A pesar de esto, el contexto sigue escindido de nuestras prácticas actuales de atención a la salud mental. Aunque lo tengamos en cuenta en un plano teórico, las acciones siguen basadas principalmente y de forma mayoritaria en la vigilancia profesional y en la prescripción farmacológica. Los programas y proyectos psicosociales son considerados complementarios y están en un segundo plano con respecto a la centralidad de la consulta psiquiátrica y del recurso a la internación. Las redes asistenciales han pasado a ser un circuito que las personas afectadas y sus allegados recorren en un deambular en espiral (del centro de salud al servicio de rehabilitación, del hospital al centro residencial, de atención primaria a servicios sociales) portando una demanda de ayuda que persiste e insiste, cuando no desaparece. En consonancia con la cultura del individualismo exacerbado en la que estamos inmersos, el campo de la salud mental ha perdido su vocación comunitaria: la atención se hace a individuos y los problemas se tratan como un problema individual (Alonso, 2005). Cuando las familias y las redes sociales son tomadas en cuenta, lo son para ser intervenidas o para obtener información sobre “el paciente”, siendo consideradas solo en contadas ocasiones como un recurso con saber y potenciales herramientas propias para afrontar las situaciones vitales que se les presentan. Pocas veces tenemos tiempo para atender las condiciones de vida de las personas que sufren o para ayudar a fortalecer las redes de apoyo con las que cuentan. Los profesionales, presos de tiempos y protocolos asistenciales, estamos frustrados y sentimos a menudo que hemos perdido nuestra capacidad de acción y la ilusión terapéutica que nos llevó a dedicarnos a esta tarea.
Ante este panorama, tomamos conciencia de estar inmersos en una profunda crisis de paradigma (Bracken et al., 2012). Los marcos de referencia teóricos y técnicos que nos han servido de base durante los últimos siglos ya no son operativos y hay un gran malestar social respecto a algunas de las prácticas que venimos desarrollando desde los servicios de salud mental, tal como atestiguan los planteamientos de los supervivientes de la psiquiatría (Stastny y Lehmann, 2007). Estamos en un momento crucial, en el que no sólo las personas afectadas están alzando su voz, sino que también muchos profesionales hemos comenzado a denunciar, por ejemplo, la dificultad de desarrollar una práctica independiente en un medio en el que los intereses corporativos de la industria farmacéutica han invadido las consultas, las publicaciones, los congresos profesionales, las políticas de salud mental y las hasta las asociaciones de pacientes y familiares (Gøtzsche, 2014). La investigación cada vez está más lejos de la realidad cotidiana y de la clínica, y se hace complicado vislumbrar cuál es el cambio posible dentro de un sistema en crisis lleno de contradicciones.
En esta situación de incertidumbre, una opción es volver la mirada hacia otras experiencias que, fuera de nuestras fronteras, están demostrando su eficacia para abordar en la comunidad problemas tan complejos como la psicosis. Este es el caso del modelo finlandés de Diálogo Abierto: una técnica que integra diferentes teorías y abordajes, cuyo enfoque ha provocado un cambio estructural en la atención a los problemas de salud mental en los servicios públicos de la región de Laponia Occidental. Continue reading






