Cómo las farmacéuticas han corrompido el sistema de salud

Medicamentos que matan y crimen organizado
Peter Gøtzsche
Editorial los libros del lince, 2014

Cuando miro la portada de este libro no dejo de pensar en el grave error editorial que han cometido con la selección del título y la imagen. En el mejor de los casos, cualquier curioso pensará que se trata de una novela policiaca y, de hecho, como tal lo tenían clasificado en una gran librería de Madrid. Pero en el peor, otros pueden pensar que este libro es una suerte de panfleto anti-industria farmacéutica escrita por un iluminado paranoico, y nada más lejos de la realidad.
GøtzschePeter Gøtzsche es doctor en medicina, director del Nordic Cochrane Center y catedrático de Diseño y Análisis de Investigaciones Clínicas en la Universidad de Copenhague. A lo largo de su carrera ha publicado más de 70 artículos en las cinco revistas médicas más prestigiosas (BMJ, Lancet, JAMA, Annals of Internal Medicine y NEJM) y sus trabajos han sido citados más de 14.000 veces. Así que, si hay algo que caracteriza a este danés, es su extraordinaria rigurosidad a la hora de recabar, analizar y exponer datos. Fruto de ello es este texto, que ha ganado el Primer Premio de la British Medical Association al mejor libro en la categoría Fundamentos Médicos.
Gøtzsche nos cuenta una historia, la de cómo las grandes compañías farmacéuticas han corrompido el sistema de salud y han logrado convertirse en el negocio más rentable del planeta, una rentabilidad que nos cuesta unas 200 mil muertes anuales en Europa producidas directamente por los medicamentos y otras tantas en EE.UU. Esta historia tiene cierta complejidad, puesto que intervienen unos cuantos actores: políticos, agencias reguladoras de los medicamentos, revistas científicas y sus editores, instituciones académicas y asistenciales, investigadores, sociedades profesionales, médicos, asociaciones de pacientes y, por supuesto, la industria farmacéutica. Pero sobre todo, es una historia desoladora, que da cuenta de la miseria humana, de lo sencillo que es corromper, falsear, ocultar, sobornar, chantajear y matar sin que esto sea un escándalo extraordinario. En este sentido, podemos considerar este libro como un brillante ensayo sociológico sobre el capitalismo financiero, que toma el negocio de la industria farmacéutica como ejemplo. Desde ahí, describe cómo el enriquecimiento de una élite es el fin último de una estrategia que desconsidera cualquier principio ético (y legal) y que resulta devastadora para los intereses de los ciudadanos. Gøtzsche explica esta estrategia con elocuencia y multitud de datos y ejemplos perfectamente fundamentados en más de 1000 referencias que aparecen recogidas al final del libro, de manera que no nos deja ninguna escapatoria. Tal vez este sea el principal escollo que hay que sortear en su lectura: la abundancia de tantos ejemplos y episodios de corrupción resulta en ocasiones abrumador. Es verdad que para intentar cambiar las cosas primero hay que tomar plena conciencia de ellas, pero advierto que el escenario que nos descubre Gøtzsche es de absoluta pesadumbre moral.

Todas las grandes compañías farmacéuticas han sido acusadas de delinquir, pero los acuerdos judiciales a los que llegan en estos casos les refuerza su comportamiento delictivo. Por ejemplo, “Pfizer fue condenada en 2004 a pagar 430 millones de dólares de multa por la promoción fraudulenta del Neurontin® para usos no aprobados en ficha técnica. Solo el año anterior, Pfizer había ganado con este medicamento 2.700 millones de dólares, de los que aproximadamente el 90% eran por ventas en usos no aprobados”.
Los ensayos clínicos aleatorizados (ECA), que “fueron ideados para protegernos de posibles tratamientos inútiles, han otorgado el poder de la producción de conocimiento a las grandes farmacéuticas”. Gracias a ellos, consiguen comercializar medicamentos que aportan un valor escaso o nulo y que pueden resultar muy nocivos. Estos ensayos se realizan, precisamente, gracias a la participación de los ciudadanos que arriesgan su salud y colaboran, sin saberlo, no en el avance científico y terapéutico, sino en el enriquecimiento de los accionistas y miembros del consejo de administración de las compañías. Son estas las propietarias de las bases de datos completas de los ECA, lo que permite unas posibilidades prácticamente ilimitadas de tergiversación de los resultados y ocultamiento de los efectos adversos. El capitalismo presupone que las pérdidas o riquezas privadas son producidas únicamente por el riesgo privado. Bien, pues en este punto alcanza su máxima perversión porque la salud de los ciudadanos que se pone en juego en los ensayos clínicos y en la comercialización posterior de los medicamentos es un riesgo público y de primer orden.

Casi toda la investigación farmacológica está en manos de la industria farmacéutica, lo que significa tener la mayor parte del control de la producción de conocimiento sobre medicamentos. Después, los resultados de esos ECA son trasladados a las agencias de medicamentos como la americana FDA, la europea EMA o la propia de cada país, para que se aprueben sus productos. Curiosamente, estas agencias dependen económicamente de las grandes farmacéuticas por lo que compiten para ser más abiertas y aprobar los medicamentos con celeridad y, si después aparecen problemas de efectos adversos graves o más fallecimientos de los esperados, se pueden poner advertencias en el etiquetado. La retirada de un medicamento debido a sus efectos nocivos es algo que resulta infrecuente y siempre después de un largo proceso de revisión que permite una comercialización extensa del producto y la acumulación de una gran cantidad de ciudadanos muertos. “La regulación farmacéutica no se basa en el principio de precaución sino en el de permisión, de manera que se otorga el beneficio de la duda de forma sistemática a la industria farmacéutica en lugar de a los pacientes”. Los ejemplos que aparecen en el libro de sobornos a los funcionarios de las agencias para influir en todos estos procesos son espeluznantes.

Pero no basta con que se aprueben los medicamentos, hay que publicitarios debidamente y lograr que la gran mayoría de los médicos los prescriban. Las revistas médicas, que se supone que otorgan el marchamo de calidad científica en la investigación farmacológica, también dependen económicamente de las grandes farmacéuticas a través de los contratos de publicidad o la venta de separatas, lo que las ha convertido en “agentes de blanqueo de la información de la industria”. Las estrategias de marketing son múltiples y todas están plagadas de actos delictivos e inmorales: sobornos a médicos y líderes de opinión, realización de ensayos promocionales sin ningún valor científico para inducir la prescripción, publicación de artículos científicos suficientemente manipulados y que aparecen firmados por investigadores de renombre a sueldo por la farmacéutica (aunque están escritos por autores fantasma también a sueldo de las compañías), proliferación de eventos “pseudocientíficos” obscenamente lujosos para hacer propaganda de los fármacos a los médicos, contribuciones económicas “generosas” a las asociaciones de pacientes para que reclamen y promocionen sus productos directa o indirectamente, etc. Todo este proceso corrupto de creación de la información sobre los medicamentos, su validación y propaganda está minuciosamente descrito por Gøtzsche e ilustrado por innumerables episodios. Vale la pena señalar que dedica un capítulo entero a las formas de intimidación, amenazas y violencia que llevan a cabo las grandes compañías y que hay tres capítulos dedicados a la psiquiatría “el paraíso de la industria farmacéutica”, en el que la laxitud que existe en las definiciones de los trastornos mentales permite una rentabilidad extraordinaria.

En el texto hay un símil que se atribuye a un exvicepresidente de Pfizer que sintetiza perfectamente su contenido:
“Es aterrador ver las semejanzas que existen entre la industria farmacéutica y la mafia. La mafia gana una obscena cantidad de dinero; la industria también. Los efectos secundarios del crimen organizado son asesinatos y muertes; los mismo que los de la industria farmacéutica. La mafia soborna a políticos y a otros, igual que lo hace la industria…”

Cuando uno acaba el libro lamenta que, a pesar de la portada y el título, finalmente no se trate de una novela policiaca, pura ficción. Ahora bien, después de leerlo, tampoco quedan dudas sobre cómo ha de ser la relación de los profesionales, sus asociaciones y las de los pacientes con la industria farmacéutica.

Alberto Ortiz Lobo

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