[COLABORACIÓN] NADANDO ENTRE DOS AGUAS: UNA EXPERIENCIA DE SUPERVISIÓN

Edgar Hernández León. Psicólogo del centro de rehabilitación laboral “San Blas”.

Publicado en el blog de Fundación Manantial: https://www.fundacionmanantial.org/nadando-entre-dos-aguas-una-experiencia-de-supervision/

Ante todo quiero agradecer la propuesta de Cristina Díez, directora del centro de rehabilitación laboral San Blas, quien me sugirió amablemente compartir mi experiencia en torno a la supervisión. Anticipo, son reflexiones que me surgen al aproximarme a un aspecto básico de nuestra tarea. Es una visión personal que me resulta de guía. Dejo de lado cualquier intento de generalidad, entiendo que a cada cual le corresponde construir su propia representación. También renuncio a la valorada originalidad. Parto de una frase adjudicada al rey Salomón: no hay nada nuevo bajo el sol. 

A lo largo de más de 18 años he tenido la oportunidad de supervisar en distintas modalidades: directa- indirecta, individual- grupal, dentro –fuera de entidades. He pasado por tres escuelas distintas. 

Me resulta sorprendente la repercusión que ha tenido en mi práctica unas cuantas experiencias de supervisión. Lejos de ser recuerdos fijos en el tiempo, son huellas vivas,  ricas y que  dotan de sentido mi hacer cotidiano. 

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¿Qué me resulta necesario para qué la supervisión genere repercusión? 

Respondo desde el lugar desde dónde puedo responder. El más evidente, un supervisado que intenta encontrar respuestas en otros colegas con mayor bagaje. Nombrado mi sesgo me voy a apoyar en dos tipos de lenguaje: narrativo y  figurado. Antes, durante y después, sobre todo después de supervisar nos manejamos en dos aguas de naturaleza distinta e inseparables.

¿Qué tiene que ver la narrativa y lo figurado con la supervisión? Mucho, me explico.

En un plano que podemos llamar de la narrativa, nos encontramos en una lógica de la direccionalidad y de la intencionalidad. Con más o menos aciertos intentamos responder a requerimientos concretos, algunos de los requerimientos son externos y muchos otros autoimpuestos. Damos cuenta de nuestro trabajo y solemos seguir un orden cronológico del antes y el después. 

Un ejemplo de ese registro lo encontramos al preguntarnos en soledad o compañía: ¿Qué supervisamos: personas en atención, grupos, intervenciones familiares, el equipo, situaciones concretas? ¿Para qué supervisar: mantenemos visiones encontradas dentro del equipo, la lectura que hemos construido no nos resulta de ayuda, es momento de una salida, mejor  un cambio ó sencillamente no tenemos idea? ¿Dónde ponemos el énfasis: en lo comunitario, lo social o lo clínico? ¿Quién elabora y presenta el material? 

La respuesta que damos a las anteriores preguntas generalmente se traduce en historias con una trama definida, desarrolladas por una serie de personajes concretos con unos retos particulares.

  Vamos nos inventamos  la antítesis de la confusión, la extrañeza, la perplejidad, y la energía desmesurada propia de algunas de las personas  que intentamos acompañar día a día.  

Ante el caos originario creamos ficciones cohesionadas, es decir, aparece nuestra fantasía de control. Se nos abre una posible vía de entendimiento al  énfasis en la clasificación y tipificación (Rísquez, 2007) propia de los protocolos, los manuales psiquiátricos de referencia, nuestros recursos y programas ¿Nuestros recursos son el anverso del sufrimiento psíquico continuado, paralizante y en oportunidades desorganizante? 

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Una breve puntualización sobre lo paradójico de las ficciones.

  Si nos creemos en demasía nuestras invenciones corremos el riesgo de quedarnos encerrados en una suerte de castillo de cristal a modo de princesas y príncipes encantados, en términos psicológicos. Mantenemos la percepción de repetición, predictibilidad y monotonía, corriendo uno de los riesgos más perjudiciales: acercarnos a la locura desde la distancia de la locura.

Una vez bautizado el riesgo, me centraré en lo relevante de la ficción: suele activar el motor del psiquismo, es decir, la curiosidad. La curiosidad es la ventana de entrada al lenguaje figurado y, por suerte, es la puerta de salida del castillo de cristal.  

En este sentido, nadamos en otras aguas desconocidas. Con su atemporalidad propia. Donde la  lentitud,  la pausa y la gestación son angulares. Me refiero al territorio de los sueños, del humor, de los actos fallidos y de los síntomas. Cierto sector del psicoanálisis lo denomina proceso primario. O dicho de otra manera, un lugar y tiempo donde lo imposible puede devenir en posible.

 ¿Cómo ocurre esa transformación?

Al compartir la ficción iniciamos un baile. En esa danza aparecen progresivamente imágenes similares al texto supervisado. Imágenes aportadas por todos los presentes. En ocasiones nombradas, muchas otras permanecen en la intimidad. Algunas son tomadas de la práctica profesional, otras de las artes, del deporte, de movimientos sociales, y la gran mayoría de nuestra vida cotidiana. 

El paralelismo entre lo supervisado y lo cotidiano despierta en todos nosotros una serie de reacciones emocionales cercanas a la vivencia de la persona, grupo, familia, equipo o institución en cuestión. 

Aquí nos aparece una situación conocida por muchos.  Si supervisamos 5, 8 o 20 compañeros, da igual el número, y todos transmitimos el mismo mensaje verbal al mismo interlocutor, generalmente el interlocutor se muestra receptivo con uno, y tirando de optimismo, con dos profesionales ¡Pero bueno, si todos enviamos el mismo mensaje! ¿Qué ocurre? Unos lo llaman alianza terapéutica (Gabbard, 2002), otros conexión emocional (Riera, 2011), también se ha estudiado la respuesta sensible (Marrone, 2009), por ahí se nombra una tal identificación (Bleichmar, 2002).  En definitiva todas hacen referencia a un potente recurso de intervención.  

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Volviendo a la pregunta inicial: ¿Qué me resulta necesario para qué la supervisión genere repercusión? 

 López Modéjar (2022) en su libro Invulnerables e invertebrados  detalla, entre otras cuestiones, la fantasía de invulnerabilidad propia del hombre contemporáneo. Nos puede resultar acertada la tesis de la autora y su conexión con la época que nos toca vivir. Menos claro nos resulta percibirnos  atravesados y participando del triunfalismo inmediato, omnipotente y profundamente negador de nuestra fragilidad. 

La supervisión  nos facilita dejar en suspenso ciertos ideales que nos construyen desde el nacimiento. Ideales relativos a la salud, el bienestar, la libertad, la felicidad, el género, lo colectivo, la justicia y la recuperación. Recordemos que los ideales son la matriz del duelo o  la postergación de la pérdida (Erroteta, 2021). Al abrirse esa puerta nos topamos de manera frontal y sin velo con lo más humano posible. Una valiosa y rechazada escuela: el fracaso.

  El reencontrarnos y apropiarnos de  nuestras pérdidas y frustraciones, por nombrar algunos, en el amor, en las amistades, en los estudios, los  trabajos, en los cambios de ciudad, en los proyectos políticos, y en la fe,  suele tener dos efectos. Por una parte, nos despertamos de la anestesia producida por el exceso de colectivo, y, adicionalmente, sintonizamos con lo único e irrepetible presente en cada uno de nosotros.

La poesía suele dibujar imágenes que nos permiten contemplar realidades que a la consciencia no le resulta posible, mucho más al hablar del repudiado fracaso. Tomo un breve fragmento escrito por Rafael Cadenas, premio Cervantes 2022, donde nos  retrata el fracaso de la siguiente manera:

“Me has hecho humilde, silencioso y rebelde.

Yo no te canto por lo que eres, sino por lo que no me has dejado ser. Por no darme otra vida. Por haberme ceñido.

Me has brindado solo desnudez.”

Comparto, como muchos aseguran, que la proximidad emocional entre dos seres humanos con vivencias únicas e irrepetibles es el sustento de la comunicación. Desde luego nuestro trabajo es de cercanía afectiva, lo que sienta la base para una comunicación clara y sencilla.

A modo esquemático la supervisión al suspender temporalmente el peso de los imperativos categóricos nos facilita un giro del afuera hacía dentro. Es un momento de recogimiento. Una vuelta a nuestro cuerpo y nuestras heridas más básicas. Justo allí en nuestra singular materia prima nos renovamos e integramos el sentido de nuestro hacer ¡Legado recibido y lección aprendida!

Referencias bibliográficas:

  • Bleichmar, S (2002). Dolor país. Buenos Aires, Argentina: libros del zorzal.
  • Cadenas, R (2007). Obra entera poesía y prosa (1958-1995). Valencia, España: editorial pre-textos.
  • Erroteta, J.M. Algunas reflexiones sobre la disforia de género. Aperturas psicoanalíticas. Revista internacional de psicoanálisis. 2021; número 66.    
  • Gabbard, G.O (2002). Psiquiatría psicodinámica en la práctica clínica. Buenos Aires, Argentina: editorial médica panamericana. Tercera edición.  
  • López Mondejar, L (2022). Invulnerables e Invertebrados. Mutaciones antropológicas del sujeto contemporáneo. Barcelona, España: anagrama.  
  • Marrone, M (2009). La teoría del apego: un enfoque actual. Madrid, España: editorial psimática. Segunda edición.
  • Riera i Alibes, R (2011). Conexión emocional: cómo se forma nuestra manera espontánea y no voluntaria de reaccionar emocionalmente. Barcelona, España: octaedro. 
  • Rísquez, F (2007). De la piel para adentro. Caracas, Venezuela: editorial exlibris. 
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