Omnia sunt emprendedores. Editorial del Boletín 39 de la AMSM.

Editorial del Boletín AMSM Nº 39 Otoño 2015

Omnia sunt emprendedores

Vivimos tiempos peculiares, dentro y fuera de la Salud mental. Allá afuera vemos que mientras varios concejales, provenientes del activismo municipalista y del deseo de crear comunidad dicen “Omnia sunt communia” (todo es de todos) al acceder a su cargo, la palabra “emprender” se ha convertido en una jaculatoria contemporánea. Desde los telediarios a los bares, flota la creencia de que el futuro de la economía depende de los (jóvenes) emprendedores que a través de sus ideas e iniciativas individuales consigan devolvernos aquella ilusión que tuvimos de ser ricos y de poder permitirnos un estado de bienestar. Esta paradoja, “lo público al servicio del pueblo, la esperanza al servicio del individualismo” no nos es ajena en la salud mental comunitaria.

En este nuestro mundo nos encontramos servicios públicos sobrecargados, desprovistos gota a gota de su sentido inicial mientras sus funciones son atomizadas y externalizadas. Valgan de ejemplo los equipos de continuidad de cuidados que en ocasiones llegan a verse reducidos a “centralitas” por los que se pasa de camino a distintos recursos. Desde los “programas especializados” a los servicios externalizados; en esta fragmentación desligada de las áreas existe una variedad inmesa de iniciativas que oscilan entre lo excelente y lo neomanicomial, cada una emprendida desde un lugar distinto. Muchas proporcionan servicios en los que verdaderamente se acompaña a las personas diagnosticadas; en el que hay tiempo y personas suficientes como para proporcionar espacios de respeto y sin coerción, en las que de verdad se palpa lo comunitario; iniciativas de una calidad incontestable.

Pero incluso quedándonos sólo con lo excelente, para que de verdad Omnia sunt communia; para que todo sea de todos; cabe preguntarse, ¿quién decide qué necesitamos? Un grupo de profesionales con talento e ilusión crea un servicio monográfico que el gobierno concierta y ofrece a los ciudadanos. A unos kilómetros de allí, otros profesionales, públicos en este caso, con distinto talento y la misma ilusión ofertan otro servicio monográfico distinto.

Con el pesar del que se sabe aguafiestas nos preguntamos, ¿quién está velando por saber si esas iniciativas, aún las excelentes, están cubriendo las necesidades prioritarias de esas áreas? ¿Quién está velando por una equidad en el acceso a los servicios, por un diagnóstico de salud, por una respuesta a carencias reales? ¿Qué sucedió con aquello llamado plan de salud mental? Y por contra, ¿qué ocurre cuando los planes están en manos de quienes no creen en lo público y a los que la palabra “plan” les recuerda a Stalin? ¿Antes de dejar al zorro vigilar el gallinero es mejor confiar en una mano invisible que regule las iniciativas? ¿Quiero el más excelente de los puentes cuando lo que necesita mi barrio es un colegio? Cabe contemplar entonces cómo preguntar si las iniciativas responden a necesidades reales sin aguar el esfuerzo y la dedicación de quienes las llevan a cabo. O sea ésto, quizás, una falacia del falso dilema; pues la gestión de lo público deba ser precisamente velar porque todo el esfuerzo llegue donde se necesita. Necesitamos un plan, y que el plan sea de todos.

Junta de la AMSM

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