
Paloma Coucheiro Limeres
Todo aquello que pudo ser y no fue nos sume en una tristeza melancólica que resume brillantemente la película Deseando amar. Los protagonistas, enamorados, reprimen su deseo a lo largo de las subidas y bajadas por las estrechas calles de Hong Kong, en las que sus cuerpos se cruzan constantemente sin llegar a tocarse. La película de Wong Kar Wai ilustra el sentimiento universal que acongoja al ser humano ante el fracaso de la realización de sus deseos más íntimos. Si bien la película se centra en un plano afectivo de esta nostalgia por el pasado, el último libro de Marta Carmona y Javier Padilla, Malestamos, amplía esta mirada al conjunto de nuestras vidas; aquellas en las que el pasado se convierte en nebulosa, el presente en martirio y el futuro en inalcanzable.
A lo largo de sus páginas, el texto realiza una descripción condensada y lúcida del “cómo estamos”, en el que apuntan – y atinan con acierto – que nos encontramos sumidos en un malestar colectivo que nos atraviesa en el día a día. Definen este malestar como “el sufrimiento vinculado a una vida que no puede colmar las expectativas de producción y reproducción” (pág. 32) como consecuencia de la situación económica, política y social actual, en la que los sujetos perdemos agencia sobre nuestras vidas y en la que nuestras expectativas se van minando.
Se trataría de un “estar mal” colectivo que no aparece abruptamente por determinismo biológico, sino que lentamente se adentra y se adueña de cada uno de nuestros cuerpos, los cuales reaccionarán con diversas estrategias adaptativas según sus características individuales. Un mal que recorre nuestras vidas, que te acelera el corazón cuando se acerca el fin de mes, te lacera la piel tras una jornada laboral o te agita como el despertador por las mañanas.
Como señalan las autoras, no se trata de ignorar el sufrimiento particular de cada uno sino de identificar y nombrar cada una de las grietas comunes que a diario saltamos para no caer en el abismo de la desesperación. El poder de nombrar la desigualdad en el reparto de las tareas de cuidados, la falta de acceso a una vivienda digna o la falta de sustento, permiten vislumbrar que sin unas condiciones básicas será imposible avanzar en la búsqueda del “vivir mejor”.
La dificultad de encontrarle una definición exacta a eso del malestar está presente a lo largo de los capítulos. Y no por la incapacidad de llenar de contenido este significante, sino por la necesidad de que sea un concepto fluido que se va formando a medida que desgranan cada uno de los ejes de opresión por los que está constituido y, quizás, como indican con humildad, por alguno que se ha escurrido y todavía no ha podido ser nombrado. La virtud del libro de Carmona y Padilla radica esencialmente en hablar de aquello que pasa desapercibido, en ocasiones por obvio (como la heteronormatividad) o en otras incluso, por los escotomas existentes en nuestra mirada de terapeutas (que disminuirán la capacidad de comprender y de dar agencia al otro).
Para todos aquellos desconfiados que se acerquen con recelo a un texto que otorgue relevancia al contexto en el que nos vemos sumidos, podrá estar tranquilo durante la lectura porque sus temores no se verán confirmados. En ningún caso el texto invalida la relevancia terapéutica de un abordaje individual desde nuestras consultas, sino que lo que pretenden Carmona y Padilla es permitirnos (a terapeutas y usuarios) ampliar el marco con el que miramos el sufrimiento diario para dejar de frustrarnos, tanto a unos como a otros. La descripción del sufrimiento (al que denominan malestar) como una consecuencia de múltiples factores que interaccionan concomitantemente les lleva inevitablemente a requerir, y a animarnos, hacia la necesidad de nuevas vías de abordaje, tanto individuales como colectivas.
En coherencia con lo anterior, las autoras analizan los falsos dilemas a los que a diario nos vemos expuestas (café-lorazepam/ terapia-sindicato) y de los que debemos deshacernos para escapar del baile del capitalismo. Aquel que nos aturde e intenta continuar aislándonos y convirtiéndonos en problema y solución de nuestro sufrimiento. Un sistema, el capitalismo, que hace aguas y funciona con “una dinámica que tritura a una parte de su población no como efecto de su mal funcionamiento, sino como señal de que funciona como pretende” (pág. 35).
El libro no olvida que el auge de los discursos en torno a la Salud Mental relega y reestigmatiza a aquellos sufrimientos menos comunes habituados a la exclusión, debido, entre otras causas, al miedo que ocasiona la falta de interés en comprenderlos. Sin embargo, queda meridianamente claro que si de verdad tenemos interés en generar prácticas colectivas que nos incluyan a todas, estas voces son y serán imprescindibles.
Cuando se trata de ponerse optimistas y realizar propuestas Carmona y Padilla escapan de solucionismos simplistas que pudieran otorgar al lector pautas para la resolución del malestar. Ante todo, sin necesidad del positivismo más rancio y vacuo, nos animan a deshacernos de la melancolía luctuosa que nos arrasa a través de la validación de todo aquello que ya hacemos en el día a día para configurar estructuras de cuidados colectivas (“la repartición de las tareas de cuidado, cuando arraigamos o nos brindamos como sustrato para que otro arraigue, cuando nos hacemos cargo de quienes tenemos a nuestro alrededor…”) (pág. 88). En este sentido, las autoras señalan el potencial liberador de la identificación de estos actos para que el peso de la frustración y la multitud de frentes abiertos no nos paralice, y nos permita recuperar el discurso y la agencia.
Una vez recuperada la esperanza nos proponen “las bases del vivir mejor”. Un vivir mejor que no es un concepto cerrado sino en continua construcción. Los pilares en los que se sustentaría serían el igualitarismo, la mejora de las infraestructuras sociales, el arraigo y la supresión de la división sexual del trabajo. Plantean, en definitiva, la búsqueda de la justicia social plantándole cara a aquellas estructuras que originan el malestar que padecemos.
Será imprescindible leer el libro para poder conocer en detalle cada uno de estos elementos fundamentales. Detallarlos sería romper el impulso movilizador que transmiten sus páginas. No obstante, para abrir boca, no está de más dejar estas líneas: “eliminar la división sexual del trabajo es conditio sine qua non para pensar horizontes de reducción de la jornada laboral, conquista del derecho al tiempo y conversión de la ociosidad en un elemento central de la organización” (pág. 86). O como relata Annie Ernaux: “Ahora sé que la actitud de mi madre era también un cálculo. (…) Quería una hija que no emprendiera como ella el camino a la fábrica, que dijera mierda a todo el mundo, que tuviera vía libre, y la instrucción era para ella esa mierda y esa libertad. Entonces no exigir nada de mí que pudiera impedirme triunfar, nada de esos pequeños servicios domésticos donde se agota la energía. Lo que cuenta es que ese éxito no se me haya vetado por ser chica”[1].
[1] Ernaux. A. (2022). La mujer Helada. Editorial Cabaret Voltaire.




