Deconstruyendo mandatos de género en narrativas terapéuticas. Boletín nº 42 de la AMSM.

Cristina Polo Usaola

Servicio Salud Mental de Hortaleza.

Este artículo corresponde a la ponencia con el mismo título presentada en Madrid en las XXVII Jornadas Estatales de la AEN el 1 de junio de 2017

El objetivo de este trabajo es compartir con vosotras/os desde mi experiencia profesional y personal, la idea de trabajar en la práctica visibilizando mandatos de género y discursos sociales opresivos relacionados con el género en las narrativas de personas que consultan y en nuestras intervenciones. El planteamiento lo voy a hacer desde la teoría feminista y la interseccionalidad.

 

PATRIARCADO E IDENTIDAD

  • Partimos de la idea de que la sociedad en que vivimos es una sociedad patriarcal, entendiendo que no todas las sociedades se ajustan a la definición depatriarcadode la misma manera. Alicia Puleo, filósofa feminista, diferencia entre patriarcados de coerción y patriarcados de consentimiento (1). Los primeros se mantienen por las leyes, hay unas normas muy rígidas y desobedecerlas puede acarrear incluso la muerte. El segundo responde a las formas que el patriarcado adquiere en las sociedades desarrolladas. Formalmente las sociedades pueden ser igualitarias pero se reproduce la desigualdad en muchos niveles, fundamentalmente el subjetivo.

Sobre la causa de esta universalidad del patriarcado existen variadas hipótesis, desarrollaré brevemente la que expone Almudena Hernando, arqueóloga. En su libro “La fantasía de la individualidad” señala que la desigualdad de género tiene que ver con la diferente forma en que historicamente se ha construido la identidad en hombres y mujeres (identidades “individualizadas” frente a identidades “relacionales”) (2). La autora señala que al principio de la historia, en sociedades orales, la identidad de hombres y mujeres era relacional; poco a poco, en función de necesidad de desplazamiento, riesgo y enfrentamiento al control de la naturaleza (de forma más especializada que otras funciones), los hombres fueron adquiriendo rasgos progresivos de individualidad en proporción con el número de fenómenos que podían explicarse racionalmente y controlar tecnológicamente. Sin embargo, el ser humano no puede desconectarse de su propio grupo ya que se evidencia entonces su impotencia real frente al mundo. Así, a medida que se fueron definiendo rasgos de individualidad, los hombres que asumieron las posiciones de poder no fueron conscientes de su necesidad de vinculación y depositaron su necesidad (no explícita) de vincularse a las mujeres: ellas mantenían la identidad relacional y garantizaban el vínculo. Es decir, las mujeres, de forma complementaria,  fueron compensando la perdida de conexión emocional. Quizá ahí comienza la desigualdad. A medida que se va valorando la racionalidad como elemento del poder, se va devaluando lo emocional. La negación de la necesidad de los vínculos emocionales mantenidos por las mujeres, crean en los hombres el temor de que ellas se individualicen y, por tanto, abandonen la tarea que les ha sido asignada. “En los hombres hay una negación en lo explícito de la necesidad vincular, pero cuando se pierde, experimentan una fragilidad amenazante” (2)

  • Desde otra perspectiva, Ana Jonasdottir, politóloga, en su libro “El poder del amor”, sostiene que el patriarcado se mantiene por lo que ella llama “capital del amor”: el amor que las mujeres entregan a los hombres es expropiado y genera una plusvalía que el Estado capitaliza (3). Los aportes actuales de la economía feminista también van en esta línea y proponen que en el análisis económico global se incluyan actividades que se realizan fuera del mercado y de los parámetros medibles (PIB, etc), pero que son imprescindibles para que la vida sea sostenible. Estamos hablando del sostenimiento de los cuidados y las relaciones.

 

En la línea de explicar como el patriarcado es un elemento clave en la formación de nuestra identidad, me parece especialmente útil el concepto de mandatos de género. Son  mensajes  que emitimos a bebés (y posteriormente a personas adultas) en forma de palabras, abrazos, miradas, etc  que van a configurar gradualmente nuestra identidad. Además de emitir mensajes distintos,  interpretamos conductas y emociones de forma distinta en niños y niñas (por ejemplo el llanto de un bebé: “llora porque está triste-“llora porque está enfadado”, “está asustada-está inquieto”…) Estos mensajes, unidos después a los que proporciona cualquier elemento del entorno (lenguaje, cine, cuentos, música, publicidad, ropa…) configuran diferentes mandatos : en los niños se fomentará la actividad, la fuerza, la independencia, el valor, se tolera más la agresividad… en las niñas se promueve la obediencia, el cuidado, la ternura y el cariño, la inhibición de la agresividad y del deseo de poder … El carácter inconsciente con el que se configuran mandatos y estereotipos a través del proceso de socialización y que constituyen nuestra subjetividad, hace que éstos se naturalicen, es decir, se asuman y se vivan como verdades absolutas. Además, en muchas ocasiones los imperativos de género se introducen como si fueran deseos. A a este respecto cabe preguntarse si es posible diferenciar entre deseos e imperativos de género. Este tema lo ha desarrollado ampliamente Nora Levinton. Esta autora  describe que la transgresión de la norma en el orden moral produce culpa y su cumplimiento alivio de la persecución interna (4)

  • Aquí nos podemos detener en el concepto de deseo, constituido y moldeado por relaciones de poder patriarcal. ¿Cómo ayudamos a visibilizar y deconstruir el caldo de cultivo patriarcal que hay detrás de nuestros deseos ?¿Cuál es la propuesta emancipatoria? Construirnos desde el acercamiento al conocimiento de lo que deseamos lleva asociado inevitablemente el conflicto, no hay conflicto si no hay lucha de valores, de deseos, de identidades….. El reto en este campo creo que exige un trabajo a muchos niveles, desde lo más macro a lo más intrapsíquico, revisando con lentes de género desde cualquier acontecimiento social (diseño de políticas, espacios públicos, etc) pasando por la construcción de las relaciones en diferentes ámbitos (profesionales, familiares, amorosas….) y llegando a lo más íntimo. Siguiendo las reflexiones de Ana Távora, psiquiatra y psicoterapeuta feminista, descubrir lo que hasta ese momento permanece silenciado puede llevar asociado muchos miedos por creer que descubrirlo va a hacer tomar decisiones significativas (5).
  • El inconsciente de todos, hombres y mujeres es profundamente patriarcal por lo que en la lucha por la igualdad, siguiendo a Lola López Mondéjar, escritora y psicoanalista, el escenario de la batalla ha de ser interno y externo…. “No se trata sólo de cambiar nuestra conducta racional aplicando voluntad y cognición sino de vigilar una disposición inconsciente automática, irracional y sutil que persiste en actitudes en las que quizás no nos reconozcamos, porque pueden ser contrarias a nuestra representación consciente”…la autovigilancia tiene que ser estricta, ya que el patriarcado cuenta con un temible cómplice interior. Un cómplice que nos llena de contradicciones y con el que es difícil negociar… un cómplice que ríe los chistes machistas o que educa de forma distinta en tareas domésticas a hijos e hijas…” (6)

 

  • ¿QUÉ SUPONE VISIBILIZAR MANDATOS EN LAS NARRATIVAS? DE LA VISIBILIZACIÓN A LA DECONSTRUCCIÓN
  • Visibilizar mandatos de género en las narrativas es explorar y poner en cuestión en la conversación terapeútica, modos de vida que produzcan vulnerabilidad relacionados con procesos psicosociales de género, y procesos subjetivos de riesgo por conflictos en el ideal de masculinidad y feminidad.
  • Estos mandatos están atravesados por contextos históricos y se traducen en modelos sociales de género distintos, que han expuesto en distintos trabajos Sara Velasco (7) y Margot Pujal (8). Ellas describen que en la actualidad convivimos con cuatro modelos sociales de género que tienen como consecuencia contextos de vulnerabilidades y psicopatologías diferentes.
  • A grandes rasgos estos modelos son:

a)-El tradicional: En él existe una división sexual del trabajo y las relaciones de género están jerarquizadas. El núcleo básico es la familia heterosexual. Los ideales de masculinidad y feminidad son binarios. Las narrativas de personas socializadas en este modelo reflejan malestares asociados a diferentes frustraciones: decepción de lo que supone vivir en pareja en relación a las expectativas previas, sobrecarga de cuidados, el trabajo en labores del hogar (no remunerado, invisible y desvalorizado). En el plano subjetivo implica dificultades  para convivir con el ideal de la maternidad y de la pasividad sexual, entre otros. En los hombres incluye malestar por la exigencia de tener que estar siempre disponible en la esfera sexual y desempeñar el papel proveedor, la imposibilidad de permitirse expresión de debilidad en situaciones adversas (salvo en determinados contextos), el miedo al abandono, etc  En este modelo, la aceptación de las normas tradicionales del papel masculino hace que los hombres pidan menos ayuda.

b)-En transición, Avanza desde principios/mitad  del siglo XX y se produce por la salida de las mujeres al ámbito público. Lo viven mujeres y hombres que han de transgredir el modelo de género tradicional en el que han sido socializados; han modificado el modelo social, pero conservan valores tradicionales en la esfera íntima.

  • El núcleo básico es la pareja no jerarquizada explicitamente, con roles multifuncionales y contradictorios. Los ideales de feminidad y masculinidad son igualitarios en la vida pública, pero hay binarismo en la intimidad. Supone acumular roles antiguos y modernos y muchas contradicciones: deseo de emancipación coexiste con ideal romántico y con deseos de ser “cuidada”, preocupación por la imagen corporal con rechazo a mandatos de género, miedo a perder la feminidad, etc. En el área laboral es frecuente la frustración al comprobar la discriminación y situaciones de acoso. En la clínica, Margot Pujal (8) relaciona este modelo con la aparición de  diagnósticos de fibromialgia, fatiga crónica, somatizaciones… En los hombres aparecen contradicciones ante las perdidas de privilegios, conflictos de pareja por redistribución del poder, desconciertos ante confrontación con ideales de ser “buen padre” y tener una vida autónoma, etc

c)-Contemporáneo: Se desplazan valores e ideales sociales a la realización y a la libertad individual. No se valora la permanencia en la relación afectiva. Pujal describe que en este modelo los círculos de amigos/as funcionan como la familia en cuanto a apoyo y tienden a tener mayor estabilidad que las parejas.

  • El núcleo básico es el individuo, o dos o más personas de cualquier sexo. Hay tendencia a tener los mismos ideales de masculinidad y feminidad en hombres y mujeres y competitividad entre ambos por el ideal del éxito personal y social, aunque hay un modelo binario en el cuerpo y en la imagen. El ideal de masculinidad y feminidad se focaliza en el cuerpo a través del deseo de “eterna juventud”, insatisfacción corporal, uso de cirugia remodeladora, necesidad de reajustes de identidad con parejas sucesivas, hiperconsumos, etc. La traducción en la clínica según Pujal, son los trastornos conducta alimentaria, las somatizaciones graves y las autolesiones como forma de calmar un dolor subjetivo. Naomi Woolf en su libro “El mito de la belleza” (9) expone que a medida que las mujeres blancas occidentales se han ido liberando economicamente, han aumentado de forma proporcional la cirugía estética y los trastornos de alimentación. Fatima Merssini, historiadora feminista marroquí, denomina que en las mujeres occidentales, el “burka occidental” se corresponde con la exigencia de la talla 38 (10)
  • -EL modelo de género igualitario puede incluir personas de cualquier sexo y orientación sexual. Si la relación es igualitaria es un modelo protector, la psicopatología en estas personas podría relacionarse con otros factores psicosociales de riesgo como la soledad, las perdidas, el desarraigo, la exclusión, problemas económicos, etc.
  • De forma global, en la clínica revisar el modelo social de género de la persona que consulta y del/la profesional que le atiende ayuda a visibilizar la relación entre malestares y mandatos.

 

  • PODER E INTERSECCIONALIDAD

Más allá de los riesgos que supone crecer con una visión dicotómica de los géneros por las exigencias que ello supone y los malestares relacionados con no cumplirlos, es importante tener en cuenta que esta categorización (hombres-mujeres) incluye, además de diferencias, desigualdades. Así, hablar de diferencias de género incluye hablar de diferencias de poder. Siguiendo a Bourdieu (11) la construcción de las identidades de género sigue un orden social que establece relaciones de poder y sumisión simbólicas. Hablamos de régimen de poder-saber que describe Foucault: El poder se mantiene no sólo porque se imponga sino porque la gente que lo impone y que lo sufre lo considera “verdad”. Cada sociedad produce su propia verdad que es sostenida por los sistema de poder de esta sociedad. “Cuanto más inconsciente es la fundamentación de una lógica más capacidad de penetración tiene porque menos resistencia se opone” (12)

En esta línea me parece muy importante el aporte de la interseccionalidad para vincular la desigualdad de género con otros discursos sociales opresivos. El término “interseccionalidad” fue creado  por Crenshaw  (13) abogada afroamericana. Inicialmente surgió como una crítica al feminismo blanco occidental y cuestionaba que las mujeres fueran una categoría homogénea. Señala que las discriminaciones múltiples (clase social, género, raza, etnia, pobreza, lugar profesional, etc) interactúan más allá de efecto sumativo. Cada discriminación intersecciona con otra creando un sistema de opresión que refleja la intersección de múltiples formas de discriminación.

Desde esta perspectiva se sostiene que no hay ninguna experiencia singular propia de una identidad; tenemos identidades múltiples y podemos enfrentar discriminaciones entrecruzadas, diferentes en cada situación personal y grupo social. Nos permite analizar opresiones experienciadas: no todas las personas sufren las opresiones de la misma manera; aunque compartan las mismas divisiones sociales, cada opresión/discriminación surge en un contexto social y temporal. Una ventaja significativa de este marco de análisis combinado (interseccionalidad y análisis de poder) es que permite visibilizar de mejor manera la relación entre estructuras de desigualdad y los privilegios sociales que resultan de ellas. En esta línea creo que es de crucial importancia ser consciente de las diferentes posiciones de poder y privilegio por las que transitamos las y los profesionales de Salud Mental en nuestra práctica y que ejercemos por acción o por omisión produciendo en la mujer a la que diagnosticamos de enfermedad mental una doble discriminación. Luis Bonino en una reflexión que hace en  un artículo que llama “Micromachismos 25 años después”, (14) describe que más allá de desvelar comportamientos micromachistas hay que señalar desde el lugar existencial del que provienen, y desde la posición jerárquica que se ejercen.

 

¿CÓMO AYUDA LA APLICACIÓN DE LA TEORIA FEMINISTA EN ESTA TAREA?

La aplicación de la perspectiva de género y de la teoría feminista a nuestra práctica nos obliga al cuestionamiento del marco conceptual en el que se sustenta nuestro trabajo (diagnósticos, hipótesis, tipos de intervención propuestas, recursos utilizados…) Ignorar esta tarea puede producir explicaciones individualistas y favorecer una atribución causal interna (carencias infantiles, apego inseguro, relaciones de objeto conflictivas, personalidades disfuncionales…) En la práctica, incorporar los modelos igualitarios para las mujeres supone incorporar posiciones subjetivas activas, resolviendo sobrecargas compartiendo, creando redes de apoyo mutuo, etc En los hombres supone abandonar posiciones subjetivas de fuerza, abandono de sujecciones del modelo tradicional, compartir y acceder a la esfera del cuidado, etc

Las intervenciones terapéuticas también pueden ser un espacio de visibilización de violencias simbólicas invisibles. Margot Pujal, siguiendo a Foucault, habla de “Prácticas de sí” como  “prácticas de autovigilancia que encauzan la subjetivación a una identidad normativa”. Centrándonos en la desigualdad de género, en el caso de las mujeres las prácticas de si van a producir violencias de sí invisibles con distintos grados, desde microviolencias de sí, que se traducen en sentimientos de culpa, autoexigencia, vergüenza, baja autoestima, etc. , a macroviolencias de sí que tienen su reflejo en trastornos alimentarios, autolesiones, etc.. El reto, según Pujal, en nuestras intervenciones sería visibilizar también las prácticas de sí incorporadas que están produciendo malestar y convertirlas en un cuidado de sí subjetivo que aporte libertad y  proporcione un sentido vital y  colectivo a nuestra experiencia (15).

Otros  retos actuales en intervenciones feministas incluyen la incorporación de pensamientos no binaristas y la diversidad. Mi exposición de hoy ha sido realizada en términos binarios. Incluir el pensamiento no binarista supone incorporar la diversidad de vivencias en personas que no se encuentran representadas en las normas de género binario normativo, y también disidentes con otras formas alternativas de funcionamiento.

 

REFERENCIAS BIBLIOGRAFICAS

(1) Puleo A. EL patriarcado ¿una organización social superada? Temas para el debate 2005; 133, 39-42.

(2) Hernando A. La fantasía de la individualidad. Kats. Madrid, 2012

(3) Jonasdottir A. El poder del amor. ¿Le importa el sexo a la democracia? Cátedra. Madrid, 1993

(4) -Levinton N. El super yo femenino. La moral en las mujeres. Biblioteca Nueva. Madrid, 2000

(5) Távora A. Pensando sobre los conflictos y la salud mental de las mujeres. Ciclo de charlas: Las mujeres debatimos. Diputación de Málaga. Málaga, 2006.

(6) López Mondéjar L. El inconsciente es patriarcal, cuidado con él. La opinión de Murcia el 9 de marzo del 2017. Disponible en: http://www.laopiniondemurcia.es/opinion/2017/03/08/inconsciente-patriarcal-cuidado/811655.html

(7) Velasco S. Enfoque de género en programas de salud. Observatorio de Salud de la mujer. Ministerio de Sanidad. Madrid, 2008. Disponible en: http://www.msc.es/organizacion/sns/planCalidadSNS/pdf/equidad/recomendVelasco2008.pdf

(8) Pujal i-Llombart M, Mora-Malo E, Schöngut-Grollmus N. Fibromialgia, desigualdad social y género. Estudio cualitativo sobre transformación del malestar corporal en malestar psicosocial. Duazary. 2017; 14 (1): 70 – 78

(9) Wolf. N. El mito de la belleza. Salamandra. Barcelona, 1992.

(10) Merssini F. El harén en Occidente. Espasa. Madrid, 2001.

(11). Bourdieu P. La dominación masculina. Anagrama. Barcelona, 2000.

(12) Foucault M. Microfísica del poder. La Piqueta. Madrid, 1992.

(13) Crenshaw W. Mapping the Margins: Intersectionality, Identity Politics, and Violence against Women of Color, Stanford Law Review; 1991, 43, (6) 1241–1299.

(14) Bonino L. Micromachismos, 25 años después. Abril 2017. Disponible en: http://www.luisbonino.com/PUBLI03.html

(15) Pujal Llombart, Margot y Amigot Leache, Patricia. Desigualdades de género en “tiempos de igualdad”. Aproximaciones desde dentro y fuera de la/s psicología/s. Presentación. Quaderns de Psicologia 2010; 12 (2): 7-20. En: http://www.quadernsdepsicologia.cat/article/view/838

 

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