Hemos estado…Comparecencia de la Asamblea de Madrid, en la Comisión de estudio sobre el uso de tecnologías por parte de la infancia y adolescencia. Boletín N51 primavera 2024

Eugenia Caretti

Buenos días a los diputados/as de los distintos grupos políticos y a los miembros de la mesa. Antes de entrar en materia quiero agradecer la oportunidad de acercar a esta Comisión de estudio sobre el uso de la tecnología por parte de la infancia y adolescencia la voz de la clínica. Una voz que nos habla de una realidad humana que está más allá de los datos cuantificables que pueden ser objetivados en los estudios científicos y que es la perspectiva desde la cual me autorizo a hablar hoy.  Las ideas y reflexiones que quiero trasmitirles en esta intervención son el producto de muchos años de trabajo en el observatorio privilegiado sobre la vida infantil y adolescente, que es la consulta infantojuvenil de un Centro de Salud Mental de la red pública. Como saben ustedes, este recurso es la puerta de entrada de todo tipo de malestares y problemáticas en menores de todas las edades y que por tanto nos ofrece, gracias a sus miles de imágenes y relatos, una amplia panorámica de la infancia y de la juventud de nuestra época. [1]

En los últimos diez años aproximadamente (ya antes de la pandemia) ha habido un cambio muy importante en los escolares tardíos y en los adolescentes. Sus inquietudes, sus malestares, sus síntomas, su forma de relacionarse y sus identidades se han modificado de una forma abrumadora. Nos llegan adolescentes con variadas vestimentas que recorren las modas del último siglo, peinados esculpidos y pintados de colores estridentes, caras como lienzos de una obra de arte y cuerpos adornados con piercings, tatuajes y uñas de gel. Lo masculino y lo femenino se entrelazan y desdibujan sus límites. El despliegue de apariencias es tan variado y alejado de los límites naturales del cuerpo que te hace sentir en un desfile de disfraces.

Esta nueva generación de adolescentes (los nacidos a partir del 2010, los llamados nativos digitales) es la primera que ha tenido desde su nacimiento un pequeño ordenador con pantalla táctil en su mano y, por tanto, un acceso al mundo digital desde su más tierna infancia. Su realidad se ha enriquecido con la posibilidad de acceder a todo tipo de conocimiento de una forma sencilla, de encontrar amigos con intereses comunes y de jugar en mundos de fantasía.

El acceso a la realidad digital mediante el simple arrastre de un dedo les permite trasladarse de un mundo al otro, del virtual al material, de forma veloz e intuitiva sin mediación de comandos complejos, lo que convierte la experiencia adolescente en un entramado de ambas realidades. Su forma de relacionarse también es efecto de esta vida anfibia en la que los chavales se juntan en un parque, conversan y se rozan manteniendo sus móviles en la mano y cuando se separan no dejan de enviarse instantáneas de lo que están haciendo en cada momento. Sus relaciones virtuales tienen el mismo estatuto de realidad que las presenciales, no tienen una categoría inferior. Son capaces de forjar verdaderas amistades e incluso relaciones amorosas que nunca llegan a desvirtualizarse. Los encuentros sociales no se interrumpen al volver a casa y mantienen su conexión social más allá de las barreras físicas, permitiéndoles un acompañamiento continuado y dejando poco tiempo para la soledad, para escuchar el sonido de las cosas, para explorar con el tacto, enlentecer el paso y sentir el latido del propio cuerpo.

Por otro lado, las redes sociales han alterado la estructura del sustrato comunicativo. Hemos pasado de la conversación oral, cara a cara o telefónica o bien por cartas y mails, a una nueva manera: la de la conversación escrita aderezada por emoticonos, GIFS, audios y en el último tiempo incluso intercambios de imágenes fotográficas y vídeos. Todos ellos infinitamente interpretables, eternos, ghosteables, compartibles y en los que el destinatario se vuelve difuso. Estas nuevas formas de conversación complejizan la experiencia adolescente y dan forma a sus síntomas. La hipertrofia imaginaria propia de las redes hace muy relevante la mirada del otro y hace que los adolescentes vivan en un escaparate que nunca cierra. Construirse una identidad en este territorio de exposición constante, de reedición de la imagen y de posibilidades infinitas es cosa de malabaristas y es fuente de importante sufrimiento en la adolescencia donde es fundamental el reconocimiento del otro.

Su forma de sufrir también ha cambiado. La dificultad para tolerar el vacío y la soledad, la incapacidad para imaginar un futuro posible, la desvitalización y la incapacidad para desear son caras frecuentes de su padecer. También vemos la angustia desarticulada de las experiencias subjetivas y que con frecuencia es el combustible de conductas autolesivas. En un mundo donde estamos obligados a elegir, morirse se convierte en una opción.

Y todo este inabarcable e intrincado fenómeno cultural, con sus bondades y sus miserias, es aquello a lo que nos enfrentamos cuando hablamos de “nuevas tecnologías”. Los demonizados móviles son solo la puntita de un enorme iceberg. Una tecnología, cualquiera que sea (la rueda, la imprenta, la electricidad), como explica el filósofo McLuhan, es mucho más que un mero añadido operativo o simbólico a nuestra realidad, supone una extensión física y psíquica de nosotros mismos, una prolongación exterior de nuestro sistema nervioso y por lo tanto una reordenación de nuestros sentidos y capacidades. La llegada de la tecnología digital conlleva una modificación en profundidad de la experiencia humana en la que la arquitectura del espacio y el tiempo, del conocimiento, del cuerpo, de la identidad y del lazo social está siendo radicalmente modificada.

Y entonces, a la luz de esta complejidad ¿no se vuelve demasiado ingenuo hablar de prohibiciones?  Imagínense un “Prohibamos la lectoescritura”, no vaya a ser que lean cosas inadecuadas, que se comuniquen con quien no deben o que pierdan la memoria por no ejercitarla. “Enseñémosles a leer a partir de los 16 años”. Los inocentes intentos de confabularse padres y madres de algunos colegios en la retirada conjunta de móviles a sus hijos para protegerlos de contenidos peligrosos o la de frenar la entrada de medios digitales a las escuelas con la intención de una buena educación sobre papel previa a la inmersión en las pantallas, pueden entenderse tan solo como una pataleta de nostálgicos analógicos.

Estas prohibiciones no solo son cándidas, sino absurdas y contraproducentes. ¿Qué es lo que sí podemos aportarles a los jóvenes? Quizás deberíamos empezar por hacernos cargo de lo inconmensurable y complejo de esta nueva realidad humana y dedicar el tiempo necesario para comprender, escuchar a nuestros hijos e hijas, acompañarlos con respeto en un mundo que no conocemos, ayudarlos a tolerar la incertidumbre a la que nos han abocado los vertiginosos cambios tecnológicos e inventar nuevas estrategias en materia de educación.

No nos hacen falta estudios científicos que concluyan que estar conectado 8 horas a un videojuego no favorece el desarrollo infantil. Casi cualquier cosa en la que se pasen metidos 8 horas- la televisión, un libro, las tareas escolares- puede ser nociva. Es sorprendente el ensañamiento con restringir las pantallas mientras nadie se echa a temblar con la cantidad de horas de estudio mecánico memorizando reyes y ríos, de tragar información en un idioma ajeno, a la que estamos sometiendo a la infancia en un mundo donde en pequeños dispositivos al alcance de la mano tenemos mapas, enciclopedias y traducciones simultáneas. Que niños y adolescentes no dispongan de tiempo libre para explorar el mundo, moverse, jugar, relacionarse con otros, debe preocuparnos. Y cierto es que las pantallas con sus infinitos y atractivos estímulos tienen una capacidad descomunal de secuestrar su atención. Debemos estar advertidos de ello y sobre todo debemos favorecer que haya padres y madres disponibles para ejercer con sosiego su función educativa, conversando, limitando tiempos de uso de pantalla y compartiendo juegos on y offline. Más dañino que los móviles en sí es que ambos progenitores tengan la obligación de trabajar de sol a sol, dejando a los hijos solos muchas tardes, llegando agotados a casa a hacer comidas y sin tiempo ni fuerzas para la crianza, para terminar escondiendo la cabeza en sus propios teléfonos. Siendo así las cosas, casi es una bendición que al menos tengan los móviles para entretenerse, ayudarles con su estudio y conectarse con otros.

En los niños pequeños en los que existe una alarma por el uso precoz de las pantallas como obstaculizador del aprendizaje e incluso como generador de problemas del neurodesarrollo, el prestigioso neurocientífico Stanilas Dehaene, nos explica que lo más importante en los primeros 18 meses del niño es la relación social y la comunicación, es decir, que sus padres le hablen, que interaccionen con él. Un niño puede aprender de las pantallas, así como de otros objetos del mundo, pero tendrá severos problemas si se ve privado del lenguaje y de la relación. Lo peligroso, dice, es el uso excesivo del móvil por parte de los padres.

La otra gran pregunta que se viene escuchando en medios, familias y consultas es la de cuándo habilitar un móvil propio a niños y adolescentes. Se sabe que la edad habitual a la que se está haciendo es alrededor de los 12 años. No parece un momento descabellado. En esa etapa es en la que empiezan a tener una cierta autonomía en la relación con sus amigos, comienzan a moverse solos y aparece la curiosidad por conocer cosas a través de la red. Cuando un niño o una niña solicita el móvil para algo más que ver un video o jugar a un videojuego es el momento en el que, de forma supervisada, tenga su propio dispositivo. De hecho, a muchos ya se les facilitan las tablets desde etapas anteriores. Uno de los grandes inconvenientes del que no se habla en la prensa, y que es un problema frecuente en consulta, es el de la utilización del móvil del padre o de la madre. Muchos padres lo prefieren así, como forma de mantener un control sobre su uso, sin darse cuenta de la puerta que dejan abierta. El acceso al mundo adulto y a la intimidad de los padres es en muchas ocasiones fuente de encuentro con contenidos que no son para su edad o con conversaciones e intimidades que no deberían estar al alcance de los hijos y que pueden ser más traumáticas que lo que ellos encuentren por sí mismos. De igual manera, a cierta edad dejan su propia intimidad, conversaciones y búsquedas en la red a la vista de sus padres, con el consiguiente malestar que se desencadenará cuando estos quieran regular las interacciones con sus amigos. Es indispensable en la crianza desde etapas prepuberales mantener los espacios paterno/materno y filial separados y apostar por una buena comunicación y confianza que resguarde el lugar de sujeto del niño. Es importante que con nuestro acompañamiento vayan tomando sus propias decisiones.

Por otro lado, tenemos que preguntarnos si la causa de este exceso en el consumo de pantallas y de esta huida al mundo digital por parte de los jóvenes no es efecto exclusivo de ingredientes adictivos, sino que está en juego también el deseo de escapar de un mundo offline que les resulta adverso. Muchos jóvenes no tienen las mejores condiciones en sus domicilios, viven en entornos carenciados y disfuncionales. Y aún en las mejores condiciones esta generación está particularmente desorientada. Además del futuro incierto que nos ha dibujado la pandemia, el cambio climático y los cambios tecnológicos acelerados, se encuentran desamparados de referentes simbólicos, desconectados de su pasado familiar del que parece separarlos un abismo, sin adultos que los ayuden a la vida en comunidad y con una escuela envejecida que solo se esfuerza en insertarlos en el mercado laboral. La escuela está desatendiendo su función principal que es la de ayudar a los jóvenes en su desarrollo como ciudadanos; citando a Marina Garcés, ayudarlos “acogiendo su existencia social”, permitiendo su vida en comunidad. Si queremos que saquen sus cabezas de las pantallas deberíamos construirles un espacio público material, amable y acogedor. Poner un límite no implica indefectiblemente una interdicción, sino abrir un espacio al que trasladarse.

Este espacio a construir tiene que ser un espacio, en la escuela y también fuera de ella, en el que se pueda construir un futuro posible, un lugar para construcciones conjuntas, para proyectar e imaginar. Un espacio donde se pueda recuperar la historia, el relato familiar, aportarles un conocimiento que tiene que ver con haber vivido un tiempo prolongado, haber construido una identidad, haber encontrado una vocación y haber amado. Un conocimiento que no tiene que ver con la información que nos facilitan las redes, sino que tiene que ver con experiencias subjetivas.

Un espacio donde vayamos al rescate del cuerpo. Nuestras formidables existencias online tienen sus límites y condiciones. El cuerpo, no el simbólico ni el imaginario, sino el de carne que sufre y disfruta se queda fuera del mundo digital, desconectado. Esto en la consulta se escucha de muchas maneras: síntomas desarticulados de la subjetividad, fuera de toda narrativa, autolesiones para poner coto a un sufrimiento inexplicable, etc… Habrá que inventar espacios de juego, interacción, ocio con o sin móvil en mano, pero que impliquen el roce y un espacio y tiempo compartidos.

En líneas generales se puede decir que las nuevas tecnologías han enriquecido muchísimo nuestro mundo. Nos han acercado a parientes lejanos, han hecho accesible la cultura a los lugares más remotos, nos han abierto tantas puertas que no habría tiempo para resumirlas. Ni los más críticos quieren quedarse sin ellas. Nuestra responsabilidad es comprender este nuevo mundo híbrido en el que nos movemos y regular sus miles de aristas, en lugar de hacer una enmienda a la totalidad. Los contenidos perjudiciales, las manipulaciones del mercado a los que está expuesta la infancia ya vienen de larga data. No debemos arremeter contra el amplificador que suponen las tecnologías lavándonos las culpas abanderando la protección infantil, sino poner un límite a la lógica consumista y compulsiva que es la que está parasitando vidas e infancias.

Notas a pie de página:

[1] Se puede disfrutar en formato audiovisual de la Sesión de la Comisión de Estudio para abordar el uso de la tecnología por parte de la infancia y la adolescencia en: https://mediateca.asambleamadrid.es/watch?id=MTQ2MzQyMGQtNDdhMS00MjVmLWI1MmItMWY2YzZkZDdjYzY0

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