Hemos leído: “Por qué fracasó la democracia en España” de Emmanuel Rodríguez López.

Reseña de Pablo Molina publicada en el Boletín AMSM Nº 39 Otoño 2015

POR QUÉ FRACASÓ LA DEMOCRACIA EN ESPAÑA. La Transición y el régimen del ’78
Emmanuel Rodríguez López
Traficantes de Sueños, 2015

«En este sentido, cualquier exigencia científica por parte de
la psiquiatría corre el riesgo de perder su significación más
importante -es decir, su anclaje social-, a menos que su
acción en el interior de un sistema hospitalario ya caduco no
se una a un movimiento estructural de base, que tenga en
cuenta todos los problemas sociales inherentes a la asistencia
psiquiátrica».

Franco Basaglia, La institución negada, 1968.
«En un país que en las últimas décadas ha destacado por su voluntad de olvido, la razón de este repentino interés tiene que ver con la coyuntura que atraviesa. Como suele ocurrir en las épocas de crisis políticas, la historia se ha convertido -de nuevo- en un combate». Así se abre el libro que pretendemos reseñar y que nos ha parecido, como a otras voces, uno de los fundamentales del panorama editorial especializado en política en lo que va del año 2015. Fundamental tanto por los materiales para la redefinición del campo de batalla político general que permite su relectura de la coyuntura (cuestionando mitos y lugares comunes de la crítica más insustancial), como por la tarea a la que implícitamente nos enfrenta a todos aquellos vinculados, del modo que sea, a la asistencia psiquiátrica pública en el momento actual. Y es que leyendo el relato de la Transición tal y como aquí se expone, es inevitable sospechar de aquello que en la asistencia a la salud mental se llamó Reforma (y como ejemplo esa letanía de consolación que se repite en relación a los dos campo: “no se pudo ir más allá pero se hizo lo que se pudo, nuestra democracia/reforma es como la de los demás”).

Si seguimos la tesis del libro según la cual la actual crisis, o coyuntura política, certifica el final de un período histórico (permitiendo el cuestionamiento y la apertura, así como, ¡cuidado!, un nuevo cierre en falso) que obliga a repasar la Transición (momento fundacional del actual régimen); podemos decir que el olor a muerto de la Salud Mental Pública (dudosamente) Comunitaria nos obliga a repasar la deriva de la Reforma y la correlación de fuerzas y debilidades que fueron su base. Y es que es probable que tengamos que dejar de creer ya en el cuento de que Walt Disney y la Salud Mental Comunitaria se pueden mantener congelados e incorruptos hasta que aparezca una cura (¿acaso ha habido momento más propicio?). Es más, igual toca repensar, por mucho que cueste a perpetradores e hijos idealizadores, cuánto de Comunitarios realmente llegamos a ser (curiosamente hemos releído de forma muy próxima Treinta años de psiquiatría en España: 1956-1986 de Enrique González Duro, editado en 1987) y qué más implica este concepto: “Sólo el examen atento de las contradicciones de nuestra realidad puede librarnos de caer en la ideología comunitaria, cuyos resultados esquemáticos y codificados sólo podrían ser destruídos por una nueva subversión”, Basaglia dixit.

Muy grosso modo, el libro pretende volver a situar la movilización social como agente político fundamental, haciendo la historia de su último ciclo en España, y plantear la Transición y sus arreglos como el aparato conscientemente dirigido a su desactivación mediante un pacto entre élites (partidos hegemónicos de la izquierda, restos del franquismo, poderes económicos, etc). Si la fábrica, los barrios, las universidades, e incluso ciertos profesionales y segmentos de la iglesia fueron los sujetos de la ruptura en la comunidad; la oligarquía, en despachos y pasillos, llevó la batuta de mando en el cambio. Un dato del libro: «De 1970 a 1976 los salarios reales medios acumularon un crecimiento de casi el 40%, la productividad sólo creció un 23,7%. Por primera vez desde los años treinta, la luchas de fábrica estaban recortando las rentas del capital, presionando por encima de las posibilidades de reparto de los excedentes de capital». Uno de los éxitos de la Transición, y más concretamente del reformismo franquista que pretendía la continuidad institucional (y con el que la izquierda comulgó), fue la generalización de ese engendro sociológico pasivo llamado “clase media” (deseo de desproletarización y movilidad social, voluntad “progre”, participación en la sociedad de consumo y bienestar), que acabó convirtiendo en “mayoría natural” del país y, por tanto, garante de la moderación y la estabilidad política, y que permitía desoír las demandas del “sujeto de ruptura” movilizado (o, para entonces ya, “radicalizado”).

Más allá de culpar a la élite política y a la crisis ecońomica (que se dejó notar más en los sectores sociales más movilizados: desindustrialización, fenómenos de marginación juvenil, etc), el libro también apunta a la incapacidad propia de la movilización social en ese momento para plantear un diseño institucional alternativo al de la democracia representativa que se le ofreció (sugerente nos parece la idea de que la idealización de un leninismo chato en las culturas militantes tuviera un cierto peso en la delegación de la posición política a los partidos de la izquierda).

Ante la imposibilidad de reflejar su riqueza, terminamos insistiendo en la importancia de su lectura y discusión (tiene licencia libre, y es por lo tanto reproduclible en su totalidad), de cara al presente disputable, a sabiendas que «la Transición fue una época rica en propuestas, experimentos y alternativas. Desde este punto de vista, fue también una ocasión perdida».

Pablo Molina González

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