Hemos leído: “Estrictamente bipolar” de Darian Leader.

Reseña de Pablo Molina publicada en el Boletín AMSM Nº 39 Otoño 2015

ESTRICTAMENTE BIPOLAR
Darian Leader
Editorial Sexto Piso, 2015

Si el anterior libro de Darian Leader (¿Qué es la locura?, 2013) trataba de volver a poner en la palestra y dar espesura a la psicosis, haciendo a la vez una relectura desmistificadora del aparato freudo-lacaniano; su nuevo libro, aún siguiendo similar esquema, nos parece más audaz; pues, además del esfuerzo por disputar un concepto hurtado, aplanado y explotado hasta la naúsea (no es el lugar para depurar responsabilidades), el libro, en menos de cien páginas, contiene algo de crítica a ciertos aspectos actuales del capitalismo, y bastante de ese arte arcano otrora llamado psicopatología. Y es que el autor nos deja ver que la cuestión de este libro le parece aún más urgente y apremiante.

Así parece dejarlo claro desde el principio, pues el libro empieza asumiendo que esta es la época de la bipolaridad, como lo demuestran los datos que presenta y que señalan un aumento desde mediados de los noventa (cuando casualmente caducan las patentes de los antidepresivos de mayor éxito) de las recetas de “estabilizadores del ánimo” en un 400% en niños y en un 4000% en el cómputo global (calcula que de una población del 1% de bipolares, se ha pasado al 25%).

Hurgando en materiales como el decir de los anuncios, de las empresas, de los manuales de negocios y de las autobiografías de la gente de éxito, Leader encuentra que una de las posibles explicaciones para comprender la expansión y el éxito de este nuevo target de la industria farmaceutica tiene que ver con lo fácilmente asimilables que son, para el discurso neoliberal, ciertos elementos de las descripciones del trastorno bipolar (debidamente desinsertadas de la psicopatología que las vio nacer). A mayor destrucción de la seguridad y la estabiliad del empleo, mayor exhortación al éxito, la competitividad y la productividad; palabras que casan muy bien con algunos síntomas de la manía (euforia, hiperactividad, megalomanía). Doble tanto para la industria farmaceútica que, además de ver aumentar los diagnósticos con diferentes subtipos de trastorno bipolar, ahora aprovecha ese interés en mantener un cierto grado de manía adecuado al mercado laboral para recomendar medicamentos que regulen las fluctuaciones del ánimo de acuerdo a las exigencias individualizadas. Pero aunque el autor sepa y advierta que cuanto más individualicemos (o dividamos, o atomicemos) más fácil será quedar a merced del consumo de mercancias (ya sean medicamentos o terapias), creemos que es una de las debilidades del ensayo no explorar en esta dirección.

Lo que propone Leader para ir en contra de esta tendencia a la expansión del trastorno bipolar y de los interesados en la misma, pasa por recuperar la tradición psicopatológica y reelaborar un concepto fuerte de psicosis maníaco-depresiva al que armar de contenido: «si pretendemos diferenciar el trastorno maníaco-depresivo auténtico de las muchas formas de bipolaridad que actualmente inundan el mercado del diagnóstico, tenemos que volver al proyecto original de distinguir las euforias y depresiones propias del estado maníaco-depresivo de las que se encuentran en otros tipos de estructura mental». Según él, habría que volver tras la pista de Falret y Baillarger, y olvidarse de Kraepelin, que lo jodió todo.

A partir de aquí va desgranando algunos de los síntomas más relevantes de la psicosis maníaco-depresiva para, de forma coherente, hipotetizar una estructura psicopatológica alternativa apoyándose en una lectura pragmática de la teoría lacaniana y que no vamos a resumir (para evitar simplificar), pues pensamos que merece una lectura propia y una discusión exhaustiva por la novedad que supone (por ejemplo al diferenciarla claramente de la melancolía).

A pesar de la importancia del libro, no podemos dejar de criticar lo que creemos es un cierto sesgo del autor a tratar los problemas desde un punto de vista nostálgico y corporativista, que nos da la impresión que siempre concluye en el despacho del analista, de espaldas a lo social. Dicho lo cual, no podemos dejar pasar reflexiones como esta que cierra el ensayo: «No deberíamos olvidar aquí que, tradicionalmente, la enfermedad maníaco-depresiva ha sido considerada la forma de psicosis con más posibilidades de estabilizarse y resolverse con el paso del tiempo, mientras que en la actualidad tiene casi la reputación contraria. Esto está sin duda relacionado con la renuncia a realizar los esfuerzos para comprender el mundo del maníaco-depresivo, en favor de un planteamiento orientado a manejar y controlar una enfermedad aparentemente biológica. Se ha argumentado, en efecto, que los índices de recuperación eran superiores en la época previa a la medicación, mientras que actualmente el diagnóstico maníaco-depresivo conduce casi sin ninguna duda a un severo régimen de medicación y, en muchos casos, a un pronóstico desolador. En definitiva, estamos ante un acusado y aplastante contraste con la psiquiatría del pasado.

»En vez de obsesionarse exclusivamente, y cada vez más, con poner a punto la medicación, sería preciso situar la vida del sujeto maníaco.depresivo en su contexto, explorando en detalle sus altibajos y resistiéndose a la opción cómoda de la apelación global a la biología. Se debe distinguir con cuidado el trastorno maníaco-depresivo de las nociones vagas e inútiles sobre los desórdenes del espectro bipolar en general, y diagnosticarlo a partir de sus motivos característicos: la fuga de ideas, la sensación de una conexión especial con el mundo, la oscilación de una falta y el esfuerzo por crear una separación categórica de lo bueno y lo malo. Es preocupante el hecho de que, a los médicos que desean seguir este planteamiento, generalmente se les niegue incluso el tiempo requerido para llevarlo a cabo. Esta forma de borrar la historia y la particularidad de una persona recuerda, por otra parte, a la lógica misma del trastorno maníaco-depresivo.»

Pablo Molina González

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