[COLABORACIÓN] VOLVER AL CUERPO (LA REVOLUCIÓN DELIRANTE)

Irene Newey. Enfermera referente de promoción de salud en el ámbito educativo del Centro Municipal de Salud comunitaria de Puente de Vallecas.

Publicado en primeravocal.org  el 9 de enero de 2026

Las personas dedicadas al cuidado de manera profesional, en el ámbito sanitario en general y de la salud mental en particular, necesitamos volver al cuerpo. 

En las últimas jornadas de la Revolución Delirante decidimos hacer un experimento. 

Las asistentes que aceptaban participar tenían que obedecer las instrucciones de las quince personas que representaban el rol de “cuidadoras” que estaban distribuidas por la sala, y portaban tarjetas donde se leía: Estoy aquí para ayudarte. En todo momento las participantes podían decidir dejar de participar.

Hubo gente que fue acompañada al baño, a quien le quitaron el tabaco y para fumar habían de solicitarlo, a quien le retiraron los cordones, el cuaderno, el móvil, a quien le quitaron la botella de agua de metal, el boli, una cadenita, el cinturón, etc. A quien le separaron de su grupo de amigos. Algunas personas se quedaron sin café, y a cambio podían tomar descafeinado de sobre con galletas maría o un pequeño brick de zumo. Aquellas personas cuyos objetos les fueron retirados, no sabían cuándo los recuperarían, pero si decidían dejar de participar, los recuperaban de inmediato. Todas las personas participantes mantenían pleno control de la situación, y se dejaban llevar por la propuesta en la medida en que eligieron participar.

Al cierre de las jornadas dedicamos dos horas a hablar de lo sucedido durante el día y medio que duró la dinámica. Comenzamos haciendo una ronda para que quien quisiera pudiera compartir su vivencia y reflexiones a partir de ella. 

Fuente: pixabay

Pasar por el cuerpo 

Las palabras que más se repitieron en esa ronda fueron: tensión, miedo, incertidumbre, ansiedad, vulnerable, angustiada, paranoia, expuesta, indefensa y culpable. Salieron también otras, como infantilizada, confusa, desorientada, obediente, rabia, fantasías de exposición y ridículo, paternalismo, nervios y expectación.

Según se iban desgranando las palabras de las decenas de personas que participaron, se fue construyendo un relato coral de la experiencia que permitía entrever aquello que la burocracia y los protocolos invisibilizan: no es cuidado si es control, y si es control es violencia.

Las prácticas profesionales en los servicios de psiquiatría de nuestro país se caracterizan por reproducir este tipo de dinámicas de manera cotidiana. Son dinámicas normales, la mayoría integradas en las normas de funcionamiento de las plantas, en los protocolos, los horarios, las necesidades de los equipos de profesionales, el diseño de los espacios y el número de cerrojos que tienen. 

Nadie siente que ninguna de estas dinámicas sea especialmente grave ni violenta porque están asimiladas al cuidado: no se comprende el daño que le puede suponer a una persona que le quiten su reloj y esté desorientada en el tiempo porque no se ve al sujeto al que se le retira el reloj, sino el protocolo de funcionamiento de la planta donde se establece como norma el retirarlo. No se entienden las implicaciones de retirarle a alguien su cuaderno personal si no se pone en valor el pensamiento de ese otro que vuelca ahí sus anotaciones. No se cuestiona el impedir que la gente ingresada se relacione y hable entre sí, porque se considera que el otro es un otro roto en riesgo constante que no sabe elegir, que desconoce lo que le conviene, y el saber profesional hegemónico sostiene que lo que le conviene es una relación que a él no le provoque la más mínima perturbación. 

Fuente: pixabay

Y así sucede una y otra vez con multitud de prácticas, buscando la construcción de un control ficticio, de una fantasía de omnipotencia que permita una supuesta gestión absoluta del riesgo. El objetivo alcanzado ya no tiene que ver con la persona que debe de ser cuidada, sino con perpetuar un determinado modo de funcionar.

Las normas van de los objetos a los horarios, de las visitas a los contactos con el exterior o a las lecturas permitidas al encierro, y de ahí, a que atar pueda ser renombrado como “inmovilización terapéutica”.

Lxs profesionales que nos hemos formado durante años y años para cuidar, tarea que requiere por encima de todo de ver y escuchar a un otro diferente, con necesidades comunes y singulares, con una subjetividad propia, terminamos por negar al otro a través de los protocolos que ordenan nuestra labor, que cada día está más estructurada, más organizada competencialmente, más alejada de las personas de carne y hueso que tenemos delante y que son sustituidas por números de habitación a quienes se les aplican determinadas normas dependiendo de cómo actúen o, incluso, según qué profesional esté de guardia o cómo haya tenido el día. Los protocolos, que a priori debieran servir para garantizar unos mínimos comunes de calidad del cuidado, están sirviendo hoy para delegar el pensamiento y la responsabilidad. Se han convertido en un arma de doble filo. Lejos de servir como referencia para luego adaptar el cuidado a las necesidades singulares de las personas, se constituyen en un parapeto de máximos donde el saber y la práctica profesional se pierden en aras de “aplicar el protocolo”; creándose así un bucle donde la perspectiva de un acompañamiento “centrado en la persona” queda vaciado de cualquier sentido o potencia. Los protocolos debieran ser instrumentos vivos, cuestionados y reformulados constantemente, adaptados a las necesidades cambiantes de las personas, y no herramientas al servicio del control institucional.

El cuidado en momentos de fragilidad, donde debiera surgir un acercamiento aún más diligente en el acompañar, da miedo. Da miedo porque acompañar te expone a ti también a ser afectada por esa fragilidad –sin afectación no hay ni escucha ni acompañamiento posible–. Y la escucha real implica enfrentarse a lo desconocido, lo impredecible, lo extraño e inconmensurable. Es imposible mantener todo el control de una situación cualquiera si realizas una escucha real –porque no puede estar todo decidido y dispuesto de antemano–. Cuidar requiere escuchar, poner atención, y esa atención es exponer un algo de nosotras mismas que se arriesga para poder inventar la respuesta que necesite esa persona en ese momento en concreto. Y esas respuestas no caben, por definición, en ningún protocolo. 

La mayoría de gente que conoce cómo funcionan las plantas de psiquiatría no quiere pasar por un ingreso. Este hecho debería obligar a parar y reformular marcos y prácticas de los dispositivos en salud mental (ya que esta experiencia de trabajar en un lugar donde no se querría estar si lo necesitara unx o algunx de lxs seres queridxs más cercanxs, es habitual en muchos otros tipos de centros), y sin embargo se pasa de puntillas por él. Como si sencillamente no existiera.

Según avanzaron las jornadas de la Revolución Delirante, fue en aumento la sensación de angustia ante ser interpelados por las personas cuidadoras. 

Quería esconderme todo el rato de la gente que nos estaba cuidando. No iba al baño, temía que me dijeran algo todo el tiempo. 

A mí no me ha tocado, pero a mis compañeros sí y aún así me he sentido angustiada, intentando evitar el contacto visual para pasar desapercibida y he estado en tensión…

Incertidumbre, no sabía qué hacer… tensa al ver a las cuidadoras, pensando por favor que no me vean…

Mucha persecución, me decían “te veo muy nerviosa” y me dieron un puto mandala, ¿pero esto qué es? No quería encontrarme a nadie. 

Me cambiaron de sitio y me retiraron el agua, sentí mucha hostilidad, no daban ganas de pedir que me devolvieran mi botella… me generaba rechazo acercarme a pedirla, a ver si me iban a quitar algo más… 

La sensación de que no somos lo que decimos, sino lo que hacemos. Me preguntaron qué iba a hacer en el baño y me sentí bastante invadida en mi intimidad, ¿hasta qué punto consideramos terapéutico restringir las libertades de los demás?, ¿en base a qué protocolo?

Yo me fui a comer sin cordones… Lo que más me molestó fue que nos separaran a mi grupo. Nos dijeron que nos retroalimentamos y que nos hacemos mal… ¿en qué momento puedes decirle eso a alguien? 

Me han quitado el móvil, y al recuperarlo tuve paranoia de que lo hubieran estado mirando, si habían leído mis mensajes o revisado mis fotos y ni siquiera estoy en un mal momento… sentí que no tenía un interlocutor al que poder preguntarle, no sabía si había códigos implícitos que yo no estaba entendiendo.

Lo he vivido con mucha confusión, no sabía que se esperaba de mí, no sabía si podía resistirme, qué es lo que tenía que hacer…

Poner el cuerpo

Me he sentido subjetivado por la dinámica. Me he sentido mal y culpable cuando se me ha señalado. Alguien me quitó el móvil, le pedí perdón, de forma automática e inmediata.

Me atravesó fuerte la violencia simbólica de los guantes… Sentí síntomas físicos, que me estaba costando controlar la sensación de que algo más grande va a pasar, me pasé todo el día pensando en cómo debía comportarme, no hacía más que cuestionarme cómo puede llegar a ocupar tanto espacio la hipervigilancia.

Fuente: pexels

Me quitaron los cordones de forma autoritaria, invalidando que yo no entendía por qué. Me revolví y me fui descalza, luego viví una especie de redención ante la figura de autoridad, le das las gracias y sonríes…y después me sentí fatal, ¿por qué he hecho eso?

Las organizadoras de las jornadas venimos problematizando la violencia que ejercemos en las instituciones sanitarias y preguntándonos de qué forma se pueden cortocircuitar las inercias, los abusos de poder, desnormalizar lo normalizado para inventar otra cosa.

Cuando nos planteamos hacer esta dinámica, este experimento, nos surgían inquietudes y fuertes dudas relacionadas con que se pudiera interpretar como cierta banalización de la violencia y las experiencias de coerción que ha vivido tanta gente en dispositivos de salud mental, o que quedara como un mero ejercicio moralista anecdótico asociado a un cierto buenismo. Nos preguntamos de qué forma lograr una discusión honesta acerca de la violencia, salirnos de los lugares comunes, las justificaciones. Intuíamos que era necesario volver al cuerpo de algún modo. Pero obviamente no al cuerpo en el sentido de quimera biologicista que todo lo explica y justifica, pese a que se carezca de ningún marcador biológico que permita un diagnóstico de “trastorno mental”. Las discusiones políticas necesitan cuerpo, necesitan afectos –necesitan de un afectarse para poder pensar–. Y el modo en que se ha tecnificado (protocolizado) la violencia en nuestra práctica cotidiana es en sí una cuestión política. 

Nos sorprendimos enormemente del impacto que generó en las personas participantes, hasta el punto de que echamos en falta el doble de tiempo para poder elaborar todo lo que fue saliendo a partir de las vivencias y reflexiones que trajeron. No hizo falta prácticamente dinamización: se planteó una ronda en la que pudiera hablar quien quisiera cuando le llegara el micro, y la reflexión colectiva fue tendiendo los puentes entre la experiencia vivida y la práctica propia. 

Fuente: pexels

Me quitaron el cargador, me sentí culpable por estar despistada, me he visto súper obediente como profesional cuando trabajo con gente, desde dónde sigo las normas, me doy cuenta que obedezco bastante.

Estoy profundamente decepcionada conmigo misma, no dejaba de mirar a las cuidadoras y pensar:¿y yo soy esa persona en la planta y me quedo tan pichi, sin plantearnos las cosas ni ser consciente de nuestros actos? 

Partes de mucha rabia, me he sentido muy vulnerable… lo he sentido como un juego, pero consciente de lo macabro y perverso de que a una persona se la prive de libertad en un momento de tanta vulnerabilidad… tenían varias cosas mías, me dediqué a esconder el móvil para que no me lo quitaran también, a intentar escaparme…

Yo soy enfermero, somos quienes hacemos esto… pensando en las normas que aplicamos en la planta… nos las inventamos sobre la marcha, es bastante absurdo… durante mucho rato no he estado entendiendo nada de lo que estaba pasando [en la dinámica], en cualquier momento me dan una pastilla… me quitaron las gafas, a medida que fui entendiendo empecé a esconderme cosas, hubo un momento que me enfadé y le saqué el dedo a una de las cuidadoras y luego he tenido fantasías de castigo…

Me quitaron el móvil, la manzana, paracetamol… me sentí molesta, toda la mañana me la pasé mirando a L. pensando el apego que tiene la gente a sus objetos, el efecto de retirarlo a la gente y eso que aquí yo podía cambiarme la chapa, pero en otras condiciones… 

Se ha transmitido muy bien ese paternalismo: “Te veo agobiado, pinta un mandala”. Me doy cuenta de lo que podemos hacer daño de esa forma… es provocador decir “lo hago por tu bien”… la cantidad de cosas que haces y eres tú el que has generado la violencia, y encima el agresor le dice a la víctima que si está agobiada… no tengo palabras, pero joder.

Durante la última década se ha puesto de moda hablar de humanizar la asistencia, un verbo que nadie sabe bien qué significa, porque está vacío de significado. ¿Humanizar respecto a qué?, ¿cómo sabemos si nuestra práctica está humanizada?, ¿quién humaniza a quién? Como este concepto, proliferan decenas y decenas más: buen trato, escucha activa, participación, empatía…palabras que cuando se nombran buscan simular que se están moviendo prácticas y perspectivas, cuando lo cierto es que contribuyen en muchas ocasiones a que todo siga exactamente igual. Necesitamos espacios donde poder dejarnos afectar por la realidad, y además poder pensarla en común. No es posible acompañar y escuchar con honestidad sin espacios propios que arropen las prácticas profesionales y permitan procesarlas y darles sentido. 

Volver al cuerpo implica una escucha atenta al impacto de nuestra práctica profesional en otras personas, cómo les atraviesa nuestro quehacer cotidiano. Implica poner nuestro cuerpo en juego: afectarnos por las relaciones que establecemos al cuidar. Esa afectación va más allá de declarar empatía, compasión o voluntad de ponerse en el lugar del otro. Dejarse afectar es ceder espacio al otro para que sea, y tratar de acompañar desde ahí. 

This entry was posted in Contenidos and tagged , , , . Bookmark the permalink.