Todos rechazan el DSM-5 (por distintas razones)

El National Institute of Mental Health (NIMH), la organización científica más grande del mundo dedicada a la investigación de los trastornos mentales, ha decidido abandonar el DSM-5 dos semanas antes de su lanzamiento mundial. En palabras de su director, Thomas Insel, el nuevo manual carece de validez y, lejos de ser la “Biblia” de los trastornos mentales le parece, en el mejor de los casos, un diccionario. Insel critica acertadamente que los diagnósticos basados en un consenso sobre agrupaciones de síntomas clínicos no es ninguna medida objetiva y que la consideración de esos síntomas en solitario, rara vez nos orientan al mejor tratamiento. El NIMH cuestiona las categorías diagnósticas actuales porque no recogen fielmente lo que sucede en la naturaleza y, por ello, están entorpeciendo la investigación de las enfermedades mentales.

Esta noticia podría ser un espaldarazo para los movimientos críticos con el DSM que reivindican otra forma de entender los problemas mentales. El propio New York Times se hace eco de ella, cuestionando la ausencia de ciencia que hay en el DSM-5. Sin embargo, el NIMH abandona el DSM-5 para enfocar la investigación de los trastornos mentales únicamente en su vertiente biomédica más reduccionista a través del proyecto Research Domain Criteria (RDoC). Su aspiración es transformar el diagnóstico mediante la incorporación de nuevos resultados en genética, neuroimagen, fisiología y “ciencia cognitiva”. Parece que en el contexto del proyecto Brain Initiative, respaldado por la Administración de Obama, el NIMH se propone descubrir el origen biológico de las enfermedades mentales y crear una nueva nosología basada en el descubrimiento de biomarcadores que serán los que permitan investigar sobre el tratamiento más adecuado.

La investigación biomédica siempre apela a un futuro en que los avances tecnológicos y la genética nos responderán qué es la enfermedad mental, un futuro en el que todo lo humano (la subjetividad, los valores, la cultura, los significados…) acabará reducido a desequilibrios neuroquímicos.

Como contrapartida, el British Journal of Psychiatry nos obsequia con un editorial que reivindica una perspectiva social de la psiquiatría. Una perspectiva que va más allá del conocido impacto de la desigualdad económica, las guerras, el desempleo o la pobreza en la salud mental. Si los trastornos mentales son definidos como constructos en debates sociales, se expresan en interacciones sociales y su diagnóstico y tratamiento se realiza en la relación con los profesionales, tal vez sea más útil preguntarse qué sucede entre las personas y no tanto qué hay de erróneo en el cerebro de un individuo, fuera de su contexto. Se trata de una propuesta que cambia el enfoque de la investigación hegemónica, de la práctica clínica y del papel de los profesionales hacia un modelo enriquecido con las ciencias humanas.

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