Acompañar el sufrimiento psíquico, tratar los dolores del alma, ha sido siempre una tarea compleja. Desde fuera sorprende esta extraña vocación, desde dentro nos preguntamos qué nos mantiene interesados en esta dura tarea. Esta artesanía, que se empeñan hoy en vestir de ciencia natural, amasa lo más esencialmente humano: los afectos, sentimientos, pensamientos, en su cara doliente. Poco podemos hacer con los modelos predominantes actuales que se proponen para el abordaje de los problemas psíquicos, en los que la herramienta fundamental es corregir un disbalance de neurotransmisores y un pack de psicoterapias centradas en la adaptación social, en el que usuarios, clientes o consumidores van a proveerse de un servicio para la mejora de su salud. Bien sabemos, cuando hemos tenido la oportunidad de tratar el desasosiego, la angustia y la tristeza durante largo tiempo —y más aún, cuando las hemos sufrido—, lo limitadas que resultan estas medidas. Atender estos dolores implica saber de cuidado, de escucha y del sujeto. En este sentido, los Centros de Salud Mental (CSMs) fueron acertadamente diseñados para atender los problemas mentales de las personas en toda su complejidad, teniendo en cuenta su esencia subjetiva y su enraizamiento social. Su articulación con la red de recursos comunitarios, la cercanía de los hogares y un equipo interdisciplinar permanente, al igual que la Atención Primaria, permitirían integrar las diversas aristas del sufrimiento humano. Ayudar a pensar, analizar y poder responder a los malestares devenidos de circunstancias difíciles, coordinar y facilitar recursos para mejorar condiciones de vida precarias, así como acompañar la fragilidad y la confusión de algunas existencias más vulnerables, necesita de un espacio y un tiempo para tejer un vínculo, para formar una red de apoyo. Necesita de un tiempo para el sujeto y su historia, un tiempo de escucha y relación. Y esto —nuestra herramienta terapéutica fundamental— es lo que nos están robando de forma progresiva en pos de la eficiencia y de la productividad. Nos han cambiado la escucha por la medición, la terapéutica por la resolución, la palabra por el neurotransmisor. En este momento nuestros CSMs apuntan a convertirse en salas de despiece, donde las personas que sufren de algún problema psíquico serán desmontadas en sus distintos componentes en busca de la avería. Se pesarán y tallarán sus autoestimas, apegos, energías, tolerancias a la frustración…, para ver por dónde encarar la reparación. Homúnculos mecánicos, muñecas rotas, bamboleadas entre terapias y drogas, a los que se promete una vida sin dolor, una pobreza que no entristece, una ciencia que todo lo cura. ¿Es eso lo que queremos para nuestro sistema de salud público? ¿Tener un tiempo para interrogar el síntoma es solo un derecho de ricos?











