Xoroi Edicions, 2024
Otras lecturas. Literatura y clínica es una amplia colección de escritos sobre muchos libros y algunas películas. El caso es que estos textos tienen algo llamativo, una enjundia que salta a la vista de inmediato. A eso contribuye el hecho de que quien los escribe es un psicólogo clínico, un psicoanalista que mira la realidad desde la óptica del drama humano y escruta las desventuras que forman parte esencial de cualquiera de nosotros. Pero eso no es suficiente para perfilar el atractivo de esta publicación. De hecho, como los virus, los libros psi proliferan por doquier y se publican sin pudor de los editores, ni rubor de los autores. Ese no es el caso de Otras lecturas. Literatura y clínica. Al contrario, estamos hablando de una obra lograda, de una contribución que honra a su autor y agradecen los lectores. Y todo ello, además de la mencionada posición clínica del autor, gracias a su calidad literaria, ingenio crítico y visión sistemática. Esos son los tres pilares que convierten los comentarios y reflexiones de Carlos Rey en un libro generoso y sugestivo. Porque no es nada sencillo hablar de destacados libros y películas relevantes y ser capaz de trasladar al lector algún rescoldo de esa valía sin que por el camino se extinga la gracia, sin que, como mínimo, alguna brizna de la pasión que a Carlos Rey se le despertó nos llegue a nosotros sin perderse en el trasiego.

Lector, escritor y clínico —póngase estos términos en el orden que se prefiera— son tres características que aúna, desde hace décadas, el autor de esta obra. Ahora bien, que esas tres particularidades se den juntas es algo infrecuente. Y mucho más insólito es que se den en la actualidad, tan fragmentada en especialidades. El autor se ocupa, analiza y tercia sobre cómo las cosas de siempre se manifiestan en el ahora y aquí. Y no es nada remilgado a la hora de manifestar su opinión ni mantenerse firme en su posición, a menudo comprometida e incómoda. Sin embargo, eso sí, lo hace con la pausa de quien ha pasado infinidad de horas leyendo, escribiendo y escuchando. Y eso se nota en las páginas de esta obra, donde el tempo acompaña la reflexión y facilita el entendimiento de asuntos sobre los que merece la pena detenerse y atreverse a pensar. Cuesta imaginar que se pueda escribir con esa cadencia y no ser un lector de largo recorrido. Eso se nota, cuando Carlos Rey comenta un libro, en la presentación que propone, en la síntesis que aporta, en las citas que transcribe, en la trabazón que teje con sus comentarios y en los flecos que extrae del mundo de la cultura y la clínica, con los que ilumina sus observaciones. Todos podemos garabatear y encadenar algunas palabras, pero escribir no es algo al alcance de todo el mundo. Eso ya salta a la vista, como decía Gabriel García Márquez, en el primer párrafo de un texto. El lector lo podrá comprobar en cada uno de los casi setenta artículos que componen esta obra. Y también podrá comprobar que no está al alcance de todo el mundo decir algo interesante, como sucede en esta obra, aunque se escriba mucho y se lea más.
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Si hay algún denominador común en tan extenso repertorio de reflexiones y comentarios, ese sería la crítica al pensamiento único que domina el terruño psi. Ahora bien, no se trata de una de esas críticas audaces pero sin sustancia, de las que, al cabo de unos días, uno no recuerda ni de qué trataba. No, nada de eso. Al contrario, Carlos Rey se aplica en sus observaciones y argumentos, y los hila con suavidad, testarudo e infatigable. A través de sus comentarios de novelas, ensayos y películas consigue dar forma a un corpus argumental que en sí mismo constituye una alternativa bien fundamentada al discurso hegemónico. Porque él —como muchos de quienes tomamos partido por Otra clínica— está convencido de que el lenguaje científico, en materia del alma, tiene sus limitaciones. De hecho, una de las citas que encabeza esta publicación es de Hermann Broch, cuando dice: «El acceso al alma del individuo siempre fue la literatura» (p. 9). Y unas cuantas páginas más adelante, se ratifica con parecido énfasis: «En el caso de que el pensamiento, la subjetividad y el inconsciente sean declarados oficialmente pura ficción, recurriremos a la literatura y allí nos encontraremos» (p. 159).
Literatura y clínica, como indica el subtítulo de esta obra, constituyen dos cordones que se entrecruzan con vistas a iluminar la enrevesada condición humana y favorecer la formación de una psicopatología cuyo centro está ocupado por el sujeto, una psicopatología —escribe el autor— que «vuelva a ser clínica» (p. 418). A partir de esa articulación se enfocan algunos de los debates habituales de la clínica actual: la artificiosidad de las clasificaciones psiquiátricas, la inconsistencia de los DSM, el forzamiento de la ciencia biológica en su traslación al ámbito de la subjetividad, el abuso y mal uso de los psicofármacos, la improcedencia del TAI (tratamiento ambulatorio involuntario), etc.
Cuanto acabo de comentar se sintetiza en varios artículos que llevan por título «Ideas li(e)bres», los cuales recogen la filosofía del autor y proyectan una clínica con fundamento. Citando a José Bergamín, Rey da a entender que a las ideas, como a las liebres, hay que dejarlas correr y admirarlas por su desenvoltura, vigor y lozanía. Como a las liebres, a las ideas tampoco conviene atosigarlas y perseguirlas demasiado, para no agotarlas. Se trata, escribe el autor, de «reflexiones libres de polvo y paja porque son fruto de la experiencia profesional, y no de las intenciones, por buenas que sean. Y liebres porque van mucho más lejos que el discurso oficial; discurso que pretende ser dominante y enlentecer nuestro pensamiento y acción» (p. 229). A mi modo de ver, la metáfora de la liebre libre y la independencia del pensamiento aglutinan este conjunto de escritos, traten de libros, películas, piezas teatrales o asuntos propios de la profesión. Esas palabras son la carta de presentación del autor y el sello de calidad de la obra.
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Escrito entre 2004 y 2023, el material que compila esta obra es suficientemente amplio como para que, dependiendo del momento en que lo leamos, hallemos más apetecible tal o cual contenido. Con motivo de escribir este prólogo y releer los textos, en esta ocasión he disfrutado especialmente de algunos comentarios clínicos sobre autores que han tenido a bien relatar su malestar. En este sentido, son maravillosas las observaciones sobre Siri Hustvedt, la histeria y el DSM; desgarradoras y verdaderas las que dedica a William Styron, y luminosas por igual las que diseccionan a Unica Zürn y Gérard de Nerval.
Ante la dificultad actual de publicar historiales clínicos, por motivos de secreto profesional, con frecuencia recurrimos a lo que narradores y dramaturgos escriben sobre ciertos personajes, porque ellos, como enfatizó Freud, son «profundos conocedores del alma humana»; en eso, Shakespeare y Dostoievski se llevan la palma. También echamos mano de lo que algunos creadores escriben sobre sí mismos y su propio pathos, y que nuestro autor titula como El relato literario de los pacientes. (Guillermo Rosales, Giuseppe Berto, Marie Cardinal, Fritz Zorn, Gérard de Nerval, Unica Zürn, Janet Frame, Charlotte Perkins Gilman, etc.) Y nos admiramos de su agudeza para perfilar las claves de sus dramas, tormentos, repeticiones y huidas. Uno de los muchos mencionados en esta obra es Fritz Zorn quien, al final de Bajo el signo de Marte, señala que su relato puede ser de alguna utilidad en el plano teórico. Sin duda lo es, en mi opinión, y mucho más que algunas descripciones sobre la angustia y la depresión que leemos en los libros especializados. Al hilo de estas consideraciones, Carlos Rey, en sus pródigos comentarios, añade que Zorn muestra en esa obra «la importancia que tiene la función de la angustia vital, la discriminación de sus tipos, y sobre todo, su manejo terapéutico en la conducción de la cura» (p. 97).
Si saco a colación esta referencia, es para ilustrar, tomándola como ejemplo, el tipo de análisis habitual desarrollado en Otras lecturas. Literatura y clínica. Como se puede apreciar, se trata de una obra en la que convergen esas tres facetas difíciles de reunir: el lector, el escritor y el clínico. Carlos Rey encarna como pocos ese singular híbrido, capaz de beber directamente de la fuente de las letras (Flaubert decía que la verdadera experiencia literaria es responder a la pregunta por cómo vivimos), plasmarlo negro sobre blanco y aportar una sugerente luz interpretativa, y además combinar esa dimensión artística con la clínica. «Seguramente necesitamos del arte porque no hay ciencia de lo particular, de la subjetividad, es decir, de la particular subjetividad con la que se vive y sufre la vulnerabilidad y precariedad que anidan en nuestra condición humana. Necesitamos del arte y de la ciencia porque nuestro quehacer clínico es arte y oficio» (p. 321), escribe Carlos Rey con vistas a destacar la articulación de esa trenza formada por esas dos tiras, aparentemente heterogéneas, pero necesarias y hasta armónicas.
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Los últimos textos de esta obra se ocupan de la Otra psi. En realidad, Carlos Rey es uno de los promotores más activos de este singular movimiento. Hace ya tres lustros, cuando la Otra era apenas una corriente de opinión desconocida y local, por alguna extraña razón él se percató de esa tendencia emergente y comenzó a reseñar nuestros libros, de tal manera que sus comentarios contribuyeron a darlos a conocer entre la gente del gremio. Más allá del Ebro —como escribió en 2008— está el Pisuerga y sus alienistas: «Ideas de potentes clínicos que nos refieren que otra práctica psi es posible. De manera artesanal han construido una red de profesionales comprometidos que lleva por nombre: La Otra psiquiatría» (p. 253).
Aunque no han pasado ni veinte años, desde entonces ese movimiento ha adquirido una briosa animación y se ha extendido más allá del Atlántico. Como digo, uno de los artífices de ese despliegue es Carlos Rey. Su contribución a la Otra se ha concretado en reseñar y promocionar algunas de las publicaciones más importantes. Lo ha hecho de forma espontánea y desprendida, mucho antes de que nos conociéramos personalmente. Varias de sus reseñas se pueden leer en la última sección de Otras lecturas. Literatura y clínica. En todas asoma la elegancia y el temple del lector atento, el escritor primoroso y el clínico comprometido. Su contribución a este movimiento alternativo y discreto que es la Otra, es de todos conocida, por todos reconocida y agradecida. Y puesto que estas páginas glosan su libro y su trabajo, me gustaría destacar, de manera especial, el papel que ha desempeñado en el laborioso Vocabulario de psicopatología (Barcelona, Xoroi, 2023), un papel tan discreto como necesario. Pieza fundamental desde que surgió ese proyecto editorial, siempre entre bambalinas, él realizó la primera lectura de los originales, hizo las primeras correcciones y anotó numerosas observaciones y sugerencias. Además, como cinco años ininterrumpidos de trabajo dan para mucho, en las diversas conversaciones que mantuvimos sobre la obra, surgieron, de buenas a primeras, algunas propuestas que finalmente se materializaron. Una de ellas, sin duda muy original, es el doble índice de la obra, esto es, la doble lectura que de ella se puede hacer, bien al modo diccionario (alfabética) o al modo manual (temática).
Para quienes llevamos años dando forma a la Otra psi, la edición de Otras lecturas. Literatura y clínica nos alegra especialmente, tanto por el agradecimiento que sentimos hacia el autor como por la posibilidad de que otros lectores, de este y del otro lado del Atlántico, puedan disfrutar con sus escritos y aprender de las ideas li(e)bres que glosa en sus otras lecturas, las que necesitamos para ampliar la comprehensión de la condición humana: la literatura.




