El mal de Casandra y otros éxitos de la movida. Editorial del Boletín nº 37 (Otoño 2014)

Si uno revisa los editoriales anteriores, semestre a semestre, año tras año, década a década, descubre que no deja de ser una y otra vez el mismo texto: desencanto ante la pulverización progresiva de las redes de salud mental, cierta sorpresa ante la capacidad de superación del enemigo de lo público dejando paso a la sorpresa por la propia capacidad de aguante; hastío ante el propio tono apocalíptico constante y un “¿hasta cuando?” cada vez más tenue.

Externalizaciones, planes sin plan, precarización inexorable de los trabajadores, eventuales para la continuidad de unos cuidados cada vez menos cuidados, próximas OPEs como rinocerontes dorados (en algún universo paralelo tiene que haber alguno), y de tanto en tanto subvenciones a planes estrella pensados por unos gerentes para los que “esquizofrenia” es un nombre de marca con poco gancho y “comunitario” un pseudónimo de Stalin. Para los que “rehabilitación” es hacinar a gente extraña en edificios llevados por subcontratas y “atención domiciliaria” lo que hace un repartidor de pizza. Por no mencionar las bajas literalmente bajas de los profesionales, las amortizaciones de plazas, los pacientes compitiendo para caber en los cupos (perdonen el pleonasmo), las gerencias mercantilizando los servicios mientras los hacen austeros (perdonen la incongruencia) los inocentes call-centers y la casual deriva de pacientes a centros concertados, y algún que otro juez tratando de frenar este sindiosperoconmuchoamo.

Uno lee esos editoriales o rememora debates pasados y no puede dejar de pensar “pero si esto ya lo avisamos”. “Esto ya lo dijimos”. Lo único que no se ha cumplido es el temor apocalíptico final, de ni siquiera estar para quejarnos, aunque de poco sirvan las quejas; pues por mucho que avisáramos no supimos parar nada. Casandra la griega enloqueció al ver que nadie creía sus profecías por muy ciertas que fueran. Nosotros, que somos más de a pie, simplemente nos repetimos cual canción de los 80.

Llega el momento sin embargo en que uno piensa ¿hay vuelta atrás? ¿Podemos hacer algo diferente? Si se dieran la vuelta las tornas, si la neoliberalización salvaje que subyace a esta precarización fuera de verdad contestada por alguien, ¿tendríamos capacidad de pedir lo que realmente queremos? ¿O ya sólo somos capaces de poner condiciones para la rendición? [venga, que desempeñamos una función muy importante, déjame despedir sólo a 3]. Este agotamiento de Casandra, ¿nos habrá consumido? ¿Seríamos capaces aún de sentar una demanda de lo que queremos para construir, o la AMSM es ya una protectora de animales casi extintos? ¿Podremos volver a hablar de cómo hacer entender a la sociedad que la locura ha de tener un sitio y no precisamente detrás de un muro? ¿O seguiremos hablando de recortes?

Haznos un favor y olvida por un segundo los despidos. Los profesionales en paro. Los telediarios vendiendo trastornos de diseño para que la industria venda salud en blisters. Los enfermos acusados de peligrosidad social. Las castas vueltas al manicomio. Olvídate un segundo de todo eso, que ya te lo sabes.

Basta ya de hechos. Queremos promesas.

Junta de la AMSM

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